La ría, que fue el centro neurálgico de la actividad industrial y comercial de la Villa desde la segunda mitad del siglo XIX hasta finales del siglo XX, ha pasado a ser objeto de admiración y deseo del turismo en el siglo XXI. La ría aparece como paisaje y como sujeto histórico vivo, lugar donde la ciudad se reconoce y se reinventa.
Allí donde antes se arrastraban carros de mercancías, hoy caminan paseantes locales y turistas bajo la sombra amable de los árboles. Las grúas han cedido su sitio a esculturas y palmeras tropicales; el murmullo del paseo y el zumbido del motor del Bilboat sustituyen a los gritos de carga; y el hierro oxidado ha dado paso al silencio pulido del granito. La actividad en la antigua aduana, vigía del comercio y del esfuerzo, ha sido reemplazada por una ciudad que se contempla en el agua como si nunca hubiese sangrado trabajo.
Así percibo yo la transición de este entorno marcado por el esfuerzo físico, el ruido metálico, el sudor y el olor industrial, hacia un espacio dominado por la limpieza, la “calidad total”, el silencio urbano relamido y una estética casi perfumada, donde todo parece oler a Heno de Pravia.
En cada rincón de la ría late la vida moderna. Turistas y habitantes locales comparten el espacio sin fricción: skaters y ciclistas en sus bidegorris; gentes sentadas al sol, paseando, leyendo, pintando, besándose, haciendo deporte o cuidando su salud; personal sanitario que trabaja para la sanidad privada; militantes del camino de Santiago; conciertos multitudinarios y rodajes de películas [“Bilbao de cine” es la consigna], y algunos talleres de reparación que apenas sobreviven antes de que los desplace la inminente “renovación global”.
Pero bajo cada paso resuena aún el eco del puerto, memoria obrera que, aunque invisible, sostiene la belleza tranquila del presente como cimiento de dignidad.
Para plasmar esta dualidad, he perpetrado imágenes de la ría, con aguas quietas y una sensación de calma y pulcritud a cualquier hora del día, junto a sus puentes. Un silencio limpio, casi ejemplar. He intentado capturar el contraste entre nuestro pasado industrial y nuestro presente como espacio de contemplación, ocio y atracción turística. Quiero mostrar cómo la belleza actual de la ría se apoya, silenciosa pero firmemente, en una historia de trabajo, esfuerzo colectivo y transformación urbana.
Son fotografías realizadas sobre vestigios industriales, anillas de amarre, bolardos, antiguos muelles, fachadas portuarias, restos de escaleras, con detalles de materiales, hierro, piedra, musgo, marcas de uso… Fotografías realizadas con las figuras en miniatura, de escala 1:87 y 1:63, que recrean las actividades que hoy día se llevan a cabo en las márgenes de la ría.
En todas las imágenes la ría está presente . Y también Bilbao se adivina al fondo, intencionadamente desenfocado, apenas reconocible, tan borroso como si el tiempo hubiese pasado una esponja húmeda sobre su historia.
Bilbao se contempla en la ría con la serenidad de quien ha decidido olvidar de dónde viene, como esas historias que se cuentan sin mucho detalle para no estropear el paseo.
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