Sin red, pero con rumbo
La primera vez que apunto mi cámara hacia Nerea veo un gesto sereno, sonriente y fuerte enmarcado en el cristal del 77, ese autobús que atraviesa Bilbao como un río rojo. Me deslumbra el contraste entre su gesto y la fragilidad escondida en su historia, que late en cada pausa de su voz. La observo mientras maniobra con una precisión de coreografía, como si el volante fuera también brújula y confesionario.
Fue madre cuando apenas estrenaba la juventud. Vino la vida de golpe, sin manual de instrucciones, una hija en brazos y, en pocos meses, la orfandad más radical. Hija única y madre muy joven quedó sola y obligada a conducir una carretera muy empinada, con un copiloto aún más joven. Pero lo hizo. Y lo consiguió.
Quiso volar. Soñó con pilotar aviones, pero algo se interpuso como un muro invisible. Y no, azafata no era la alternativa, ella no sólo quería volar, quería ser la que pilotara hasta el final. No hubo cielo para ella, pero sí hubo asfalto, motores, rutas urbanas, cabeceras de línea regular. La veo ahora al volante y pienso que encontró otra forma de pilotar, otra manera de llevar a la gente a destino.
En su muñeca, una pulsera roja de plástico, resiste como tatuaje improvisado. La trajo de unas vacaciones en México, de un «todo incluido«. Dice que no la cortará hasta que su hija pequeña alcance su sueño, que será pronto, esa promesa se vuelve símbolo, la elasticidad del material imita la tenacidad de su espera.
Le brillan los ojos cuando habla de viajes en autocaravana, de Alsacia, de paisajes que parecen postales vivas, a los que regresaría sin dudar. Una de sus pasiones la descubrió cuando menos lo esperaba, le dijeron «haz crossfit, que te relajará«. Aunque nunca le había gustado hacer ejercicio, ella lo probó y se enamoró. Nunca falta a su cita en el gimnasio. Ahora también es motera, me da envidia, y me sonríe al contar que no prueba el alcohol y prefiere las noches de juegos de mesa «de esos de pensar» en un club de su barrio. Esos pequeños gestos, tan alejados del tópico, son los que la dibujan como una mujer que elige con firmeza su manera de estar en el mundo.
Al mirarla tras la lente, me doy cuenta de que no está sola aunque lo haya estado tantas veces. La reconozco en cada trabajadora que madruga para cuidar, en cada mujer que se reinventa ocn las manos vacías, en cada persona que sostiene una ciudad sin que nadie se lo agradezca. Nerea encarna esa belleza que no se exhibe en escaparates, pero que ilumina a quien se detiene a mirar.
El autobús arranca y siento que, ocn ella al volante, algo más que Bilbao avanza. No hablo solamente de Nerea, hablo de todas las que conducen vidas pesadas con manos firmes y sonrisa intacta. De las que sostienen sin red, de las que sueñan aunque las quieran dejar en tierra, de las que hacen de cada día una victoria silenciosa. Este retrato es un acto de justicia mínima, mirar y decir en voz alta que ellas existen, que merecen ser reconocidas, que el mundo se mueve gracias a su fuerza invisible. Porque ella lo vale. Fotografío a Nerea y en se gesto quiero proclamar que la belleza de todas estas mujeres trabajadoras no es un adorno, es una revolución en marcha.




