Amaya Urbina Yeregui – Enóloga – Bodegas Real Divisa


Proyecto fotográfico de Jaio: <em>"Women are beautiful. Llámame Eulalia".</em> Amaya Urbina Yeregui.

Proyecto fotográfico de Jaio: «Women are beautiful. Llámame Eulalia». Amaya Urbina Yeregui.


Amaya Urbina, porque hay silencios que organizan el mundo

Hay gestos que parecen susurrar secretos antiguos. El de Amaya, al pasar la mano sobre las botellas alineadas en la penumbra de esta bodega centenaria, es uno de ellos. El eco de sus pasos sobre la piedra húmeda apenas interrumpe el silencio sagrado del lugar. La luz, tenue, dorada, dibuja su silueta con la reverencia de quien sabe que está ante algo que merece ser contemplado sin prisa.

Amaya Urbina -bióloga, enóloga, guardiana de un legado líquido- no necesita alzar la voz para imponerse. En este espacio donde fermenta el tiempo, ella decide cuándo se planta, cuándo se vendimia, cuándo se trasiega, qué mezclas se hacen, y qué uvas se utilizan. No por intuición, aunque la tenga, sino por conocimiento científico y empírico. Por estudio, por rigor, por una responsabilidad que carga sin aspavientos. Su mirada atenta lo sabe todo de la uva antes de que el racimo esté completo.

Lo que más me deslumbra de ella no es el peso que sostiene, sino la forma en que lo hace, como si tuviera todo el tiempo del mundo para recibirme, como si su lugar natural fuera acompañar el instante, en vez de controlarlo. Su brazo tatuado, firme y amable, acaricia una botella como si fuese un gesto de gratitud. Me muestra algunos de los premios que adornan discretamente las estanterías, aunque parece que ninguno le interesa tanto como la precisión de un aroma bien afinado.

Tiene, además, su propio proyecto, una bodega pequeña, ecológica, donde el vino también es un manifiesto. Y en los márgenes de su tiempo, dibuja. Mujeres. Científicas, literatas, pensadoras. Rostros que merecen ser recordados. Como el suyo. Porque mirar a Amaya tras la lente es comprender que hay silencios que organizan el mundo. Y que hay mujeres que lo transforman sin hacer ruido, sólo con saber exactamente cuándo dejarse oler, como el vino que aguarda en la barrika.