Alicia el poder de una mujer que hace del queso una obra revolucionaria.
Me gusta mirar a las personas cuando hacen lo que aman. Hay una pausa distinta en el mundo, como si se contuviera la respiración para no interrumpir. Me quedé mirando sus manos. Las mueve con la certeza de quien ha tocado la vida muchas veces, caliente, blanca, densa, temblorosa. Alicia González Valero no hace queso, lo acompaña a nacer. Cada pieza que emerge de su tanque de acero tiene el gesto repetido del cuidado, el peso justo del amor, la memoria heredada del campo, y la intuición certera de quien no necesita que nadie le diga cómo se hacen bien las cosas.
La fotografío en su espacio, ese templo donde el tiempo se mide en grados, silencios, fermentaciones. Su mirada se concentra como si estuviera resolviendo una ecuación íntima, entre ciencia y tacto. Hay investigación aquí, sí, pero también hay entraña. Y respeto. Por el animal, por la leche, por la tierra, por el proceso. Por todo lo que el mundo rápido y cómodo ha querido olvidar.
Alicia da la vuelta a cada queso con sus propias manos. Uno a uno. Como si fueran hijos. Los acaricia, los escucha, los sopesa, los imagina. Los guía porque son criaturas con futuro. Me detuve a observar esa liturgia del cuidado, y sentí que estaba asistiendo a un gesto sagrado. Algo que no se mide en litros, ni en kilos, sino en dignidad. Cada queso nace con el tacto directo de sus dedos enguantados, con la fuerza exacta para formar y la ternura justa para no romper. No hay automatismo en sus movimientos, sino una coreografía antigua y nueva a la vez. En su quesería Moraita de Laguardia, en el corazón de Rioja Alavesa, la innovación convive con el rito ancestral. Es el kilómetro cero del alma.
Hace lo que históricamente se ha invisibilizado, ese trabajo fino, constante, inteligente. Porque su bata negra y su pañuelo recogiendo el pelo, no contradicen la fuerza que se necesita para levantar el mundo rural desde dentro. Porque este queso no es solo alimento. Es argumento. «La artesanía es la ciencia del cuidado«, pienso mientras disparo la cámara. Y ahí está ella, una mujer que desafía la prisa, y que pone en la mesa algo más que sabor, dignidad.
Esta es una historia que suele contarse en voz baja, o ni siquiera contarse. Porque el trabajo del campo, el trabajo de las manos, y el trabajo de las mujeres ha sido, tantas veces, invisible. Pero hoy está ella aquí, con el gesto sereno de quien sabe que lo que hace importa.
Y yo, tras la lente, solo pienso en darle las gracias. Porque hay belleza en el queso, sí. Pero sobre todo, hay belleza en la forma en que Alicia sostiene el mundo con sus manos. Una mujer que no solo alimenta, sino que honra. Una mujer que desafía la prisa con el radical acto de cuidar.
“La artesanía es el arte de quedarse”, pensé mientras apretaba el disparador. Y Alicia se queda. En el territorio, en la memoria, en el sabor. Y ahora también, en mis fotos.




