Ana Larrea Elorriaga – Jardinera


Proyecto fotográfico de Jaio: <em>"Women are beautiful. Llámame Eulalia".</em> Ana Larrea Elorriaga.

Proyecto fotográfico de Jaio: «Women are beautiful. Llámame Eulalia». Ana Larrea Elorriaga.


No hay receta que se le resista

La luz entra a borbotones por los ventanales del comedor y tenemos que cerrar las persianas, para poder hacer las fotos. Ana va preparando despacio las distintas capas en la maceta, la arlita oscura, las piedras blancas, la tierra aireada… lo hace con la precisión que solamente la aporta el amor por lo bien hecho. A veces tararea bajito, sin darse cuenta. Su voz se mezcla con el rumor del mar, que allá abajo se pliega contra las rocas. Su casa huele a pan recién hecho, a hilo, a hojas húmedas, a tierra. Entre costuras y plantas, todo tiene su ritmo. La observo tras la lente de mi cámara y pienso que Ana no posa. Solo es. Y eso basta.

Ana tiene un don especial para cuidar. De la tela, de las plantas, de las personas. Es despistada, sí, pierde las llaves, el metro, el hilo del tiempo, se olvida de cosas, de las palabras, pero nunca se olvida de responderme. Cuando le escribo una carta desde algún viaje, me contesta a mano, con tinta azul, sellos antiguos y una dulzura que no cabe en los sobres. A veces me deja un regalo inesperado, una nota en el whatsapp diciendo que le gusta lo que hago, que siga mirando el mundo así. Y yo me lo creo.

Antes fue profesora. Ahora, jubilada, se mueve en bici por el pueblo como si el aire le perteneciera. Lo mismo te hace trajes de época, que inventa soluciones como bolsas de contrapeso para el teatro. Lo mismo prepara la comida sin receta, aprovechando los restos, que te graba una canción para que te la aprendas. Su cocina es una coreografía sin guion, su jardín un mapa del tiempo. Habla de sus arces como quien habla de viejos amigos, con mucho orgullo y con ternura. Domina las suculentas, las mima. Cada hoja parece saber su nombre. Siempre me voy de su casa con esquejes que luego crecen en mi jardín, como pequeños recordatorios de ella.

Fotografiarla es intentar atrapar la vida en movimiento. La belleza sin pose y sin pausa. Su risa cuando se pincha con la aguja y se encoge de hombros, o la forma en que se inclina sobre una planta, la mira como si la escuchara, con una atención tan pura que parece una reverencia.

Mientras la miro, pienso que la belleza no está en lo extraordinario, sino en la persistencia de lo vivo. Ana es eso, vida en estado puro. Una mujer que no necesita escenario para brillar, no por lo que hace, sino por cómo lo hace, con ternura, con presencia, con alegría sin ruido. Su poder está en la continuidad, en esa constancia amorosa con la que se mueve por el mundo. Y yo, desde el otro lado del visor, entiendo que fotografiarla es también fotografiarnos a todas. A las mujeres que creamos, remendamos, cultivamos y cantamos, aunque nadie nos vea. Porque en esa ternura resistente está la raíz de todo lo que mejora el mundo.