Manual para subir montes imposibles
El sol de octubre cae oblicuo sobre los cristales del autobús. La luz se desliza como una lengua de fuego por el parabrisas y, aun así, Bego sonríe. Se quita las gafas para que yo pueda retratar su mirada. Sus ojos tienen el mismo brillo que la carretera cuando asciende hacia Monte Caramelo, hay cansancio y alegría en una misma curva.
Tras la lente de mi cámara, escucho el zumbido del motor, mezclado con su voz. Habla con la cadencia de quien conoce cada bache y cada persona del recorrido. Saluda, nombra, recuerda. En su línea no existe el anonimato, porque hay vecinas que la esperan, personas jubiladas que celebran su llegada como si fuera su nieta, adolescentes que salen del instituto, compañeras y compañeros que saludan desde el otro lado del volante, incluso el conductor del camión de la basura para y espera a que ella pase, para saludarla efusivamente. Y de cada cual, Bego tiene una historia pequeña y luminosa que contar.
La línea 58 jadea cuesta arriba por el hilo gris que trepa hasta lo más alto de Bilbao. Es una ruta de vértigo y paciencia, un pulso constante entre el motor y el monte. Sube despacio por esas calles imposibles que rodean Bilbao. Las calles se estrechan, las curvas se enroscan como serpientes que no quieren dejar pasar a nadie. Deberían ser de un solo sentido, pero no lo son, es aquí donde se aprende a esperar, a mirarse desde el otro lado de la curva y ceder unos metros. Las cuestas parecen tragarse el autobús, pero ella no se inmuta. Donde otros miden el peligro, Bego mide la distancia justa para que quepan dos vehículos y un saludo. En este ascenso imposible, cada maniobra es una danza, y el volante se vuelve extensión del cuerpo, brújula y aliento.
Conduce desde muy joven. Aprendió en las montañas del Pirineo, llevando gente a esquiar. «Era feliz all», me dice, sin apartar la vista del retrovisor. Pero la vida la trajo de nuevo a Bizkaia, y con ella se vino su pareja. Allí dejaron una casa de turismo rural, que aún mantienen.
Ama el monte y la playa. Las rutas de montaña, caminando, hasta 20 kilómetros las hace sin desfallecer. Se le ilumina la cara cuando habla de sus paseos por la orilla de cualquier lugar que tenga mar. En su cuerpo hay kilómetros de asfalto, de sendero y de caminar sin meta.
Mientras la fotografío, pienso en todas las mujeres que mueven el mundo sin hacer ruido. Las que conducen, enseñan, limpian, reparan, sostienen. Las que saben el peso del trabajo y el valor de hacerlo bien. Women are Beautiful es una forma de mirar, de reconocer la belleza en el gesto de quien hace, de quien cuida, de quien no se detiene.
Bego ríe con la boca abierta, su energía podría iluminar el autobús entero si un día faltara la luz. Me agarro ocn fuerza por el traqueteo del asfalto, con la emoción de hacer cumbre. Y en ese instante, mientras el 58 avanza hacia lo alto de Monte Caramelo, sé que retratarla es también un acto de gratitud, por estar, por seguir, por hacer camino para todas.






