Fatou, y las agujas que cruzan mundos
Supe de la existencia de Fatou Dieng por Instagram. Ví un vídeo donde contaba que había tuneado una camisa de su marido, para poner el perfil de África en su espalda. Inmediatamente la incorporé a mi lista de mujeres cuya existencia quiero documentar. En esta ciudad de lluvia y cuestas, donde el gris a veces amenaza con entumecerlo todo, hay un lugar que huele a tela nueva, a colores y a ilusión. Una tienda que late como un corazón africano en el centro de Bilbao. Y allí, sentada tras su máquina de coser, está Fatou. Mujer orquesta. Mujer frontera. Mujer taller. Mujer emprendedora.
La figura de Fatou cobra aún más fuerza cuando entras en el interior cálido y colorido de su tienda, concentrada en su labor como si hilvanara también historias en cada puntada. Entré buscando luz y la encontré entre los pliegues de un wax, cosiendo con la precisión de quien lleva años bordando mapas invisibles. Su tienda, «Kér Fatou» que significa «Casa Fatou», en Artekale 23 bajo-izquierda del Casco Viejo de Bilbao, es una cápsula de memoria textil, un puente entre Dakar y la ría, entre lo aprendido y lo inventado.
Vende Wax y Bogolan que trae del oeste africano. Según su página, el Bogolan es un tipo de tejido tradicional de África Occidental muy ligado a la cultura de Mali. Su origen se remonta a la etnia Bambara, donde la palabra bogo significa arcilla, y tal y como ella explica es artesanía ancestral hecha a mano en tela de algodón con arcilla y tintes naturales. También vende wax y explica en su web que wax significa cera en inglés y es un método de estampación de colores, son piezas de algodón 100% teñidas con cera para que los colores penetren en ambos lados del tejido y así permitir una mejor fijación de los mismos. Mi hermana la de Mozambique llama a algunas de estas telas capulanas, un nombre de origen tsonga, acuñado principalmente en Mozambique, que dan a las telas que tradicionalmente son utilizadas por las mujeres para rodear el cuerpo, y en ocasiones la cabeza, sirviendo también de falda, y para cubrir el tronco. Su uso va además mucho más allá de la moda, las mujeres utilizan la tela para llevar a sus hijos a la espalda, para llevar bultos, para numerosas funciones, como toallas, cortinas, manteles, etc. A mí me encantan y tengo varias que uso a menudo. Fatou me explica las diferencias entre unas y otras telas, los motivos de sus dibujos, sus colores… Telas que hablan, como ella, de identidad y de viaje. A veces, cuando el hilo resbala, cuando el encaje se ajusta perfecto, cuando el sol se niega a entrar en estas calles tan estrechas, me parece que ella no cose sola. La acompañan todas las que vinieron antes y las que vendrán.
Deja de coser y sale a recibirme encantadora. Le cuento mis intenciones y le pido que siga cosiendo para registrarla tras la lente. Ella me pide permiso para sacarme vídeo desde lo alto, tiene preparado un mecanismo para hacerlo, y que usa para sus vídeos de Instagram. El zumbido constante de la máquina de coser es casi un mantra. El pie presiona el pedal y sus manos, firmes pero suaves, guían el tejido como quien acaricia futuro. Un pedazo de wax estampado se convierte en monedero. Un vestido cobra forma para una clienta que observa, sonriente, su reflejo en el espejo de la tienda. Allí se produce algo mágico, el ajuste no es solamente de costura, también es de autoestima. Fatou no sólo cose ropa. Teje redes. De mujeres, de aquí y de allá, que aprenden a ponerse un turbante como una corona, de clientas que se sienten en casa sin importar el idioma, de amigas que encuentran en ella la prueba de que migrar no es perder, sino multiplicar. En una de las fotos que tomé, ajusta con cuidado un vestido a una clienta. Sus manos no mandan, acompañan. No hay gesto que no lleve cuidado.
Fatou llegó de Senegal hace años, pero trajo consigo más que equipaje, trajo texturas, ritmos, tactos. En su tienda se vende ropa africana, pero también se ofrecen abrazos en forma de turbantes, charlas mientras se hacen arreglos, bolsos con bolsillos secretos, que parecen tener alma, y crea fundas de ordenador con historia. Ella cose, enseña, transforma. Maneja los ribetes y dobladillos con la misma destreza con la que otras manejan el lenguaje, sin titubeos. Donde hay una tela, ella ve posibilidades. Donde otras verían dificultad, ella traza un patrón.
Luego le pido que salga a la calle, quiero hacerle un retrato posando. Me enamora esa mirada serena y segura, con la persiana grafiteada en Artekale, que enmarca su figura como si el arte urbano supiera rendirle homenaje. Ella es todo color. Todo luz. Fatou posa sin posar, con esa mezcla de dignidad y alegría que solamente tienen las mujeres que han resistido.
Hablamos de muchas cosas, incluso de su paisano Lamine Thior, al que las dos admiramos. Pero salí de allí con más preguntas que respuestas. ¿Quién le enseñó a coser? ¿Cuánta gente querida ha dejado en su país? ¿Cuántas veces ha podido volver para abrazarles? Tendré que volver a visitarla para continuar la charla.




