Iratxe, una fuerza silenciosa al volante
Hoy ha llovido todo el día en Bilbao. Esa lluvia que no se cansa, que se cuela por los tobillos, que empaña cristales y hace que el mundo parezca un recuerdo. Subí al autobús de la Línea 77 con la cámara en la mano, como quien entra en un pequeño teatro en movimiento, donde cada asiento es una historia y el escenario es una ciudad mojada.
Iratxe Villagrá Gutiérrez estaba ya en su sitio, el volante entre las manos, los ojos clavados en la carretera y en la vida que sube y baja por la puerta de delante. Su atención es total, una coreografía invisible entre el pedal, los botones de la puerta, el espejo, la acera… Y sin embargo, incluso en esa concentración absoluta, hay ternura. Hay algo en su forma de mirar por el retrovisor que parece cuidar. Como si cada una de las personas que viaja en su autobús fuese una parte de sí misma que debe llegar a destino.
El calor humano empaña los cristales. Dentro del autobús, el aire se vuelve espeso con alientos y ropas mojadas. Fuera, el color de las fachadas resbala en gotas largas y lentas. Y en medio de todo eso, Iratxe, firme, silenciosa, como si no estuviera, casi nadie la saluda al subir o bajar de su oficina móvil. Una mujer guiando toneladas de metal por calles resbaladizas. Una mujer que no pide permiso, ni se disculpa, por ocupar su sitio.
En el final del recorrido, un hombre sube al autobús a limpiarlo todo. Irónico. Una mujer al volante y un hombre de limpieza. Después rellena su informe. Números, códigos, tiempos. Papeles fríos que intentan reducir su jornada a algo cuantificable. Pero lo que hace Iratxe no cabe en ninguna casilla. Porque ella no sólo conduce, ella representa. Es parte del comité de empresa, alza la voz por las que no están, por las que no fueron vistas, por las que aún temen subir al escalón del autobús… o del poder. Me habla sin rabia, con una claridad que da respeto, de las compañeras que sienten que tienen que demostrar el doble, de las condiciones en que trabajan, donde a veces no tienen ni tiempo, ni dónde, ir al servicio.
La belleza de Iratxe está en su fuerza callada, en la forma en que sostiene con una sola mano el volante y, con la otra, a sus compañeras. Hay mucha belleza en su presencia, que reclama espacio sin gritar. Tengo la certeza de que tras la lente de mi cámara, su retrato no es sólo el de una trabajadora, sino el de una arquitecta del cambio, una de esas mujeres que hacen girar el mundo mientras llevan a otros a su destino.
Porque ella merece ser mirada.




