Itsaso Arrieta Goiri – Kantu irakaslea


Proyecto fotográfico de Jaio: <em>"Women are beautiful. Llámame Eulalia".</em> Itsaso Arrieta Goiri.

Proyecto fotográfico de Jaio: «Women are beautiful. Llámame Eulalia». Itsaso Arrieta Goiri.


Itsaso Arrieta Goiri. La que escucha con todo el cuerpo

Llueve afuera, como casi siempre en primavera en este rincón del mundo. Pero aquí dentro, entre las paredes de piedra de esta ermita, antiguo humilladero -más de quinientos años de silencio, eco y misterio-, las gotas no son más que rumor de fondo. Lo que realmente suena son las voces. Voces que no buscan perfección ni aplauso. Voces que quieren recordar. Aprender. Ser parte de algo más grande que una sola garganta. En esta ermita desacralizada, la espiritualidad ha cambiado de forma. Ya no se reza, pero se canta. Y eso también es una forma de pertenencia. Parece que busco las iglesias desacralizadas (Bilborrock, esta y otras) pero es que había demasiadas, y ya era hora de usarlas para mejores causas.

Itsaso está de pie con las manos listas para guiar, aunque casi no se mueven. Su gesto no impone, acompaña. Su cuerpo entero escucha, hasta con los pies que marcan el compás. Tiene esa forma única de estar presente, como si cada respiración ajena también pasara por su pecho. Dirige sin dirigir, porque su manera de enseñar es abrir puertas.

Estamos ensayando «Welcome to Beach«, que me encanta, con letra de Ion Maia, música de Asier Gozategi e Iñigo Goikoetxea. La melodía avanza insegura, tropezando aquí y allá, pero ella no se impacienta. Mira al grupo como si cada una de esas voces contuviera el eco de una tierra, de una infancia. Y tal vez es así. Y su empeño es que nos aprendamos la letra, que seamos capaces de cantar sin taparnos la cara con un papel. Difícil empeño. Es que no somos un coro, Itsaso, somos un corro, le recuerdo… Y sonríe.

Itsaso lleva décadas recogiendo canciones como quien recoge semillas. Las escucha, las estudia, las acaricia con la voz. Las comparte con maestras y maestros para que, a su vez, las siembren en generaciones futuras. Su trabajo no sale en los periódicos, pero está en las aulas, en los patios, en los cuerpos de niñas que aprenden a cantar en euskera sin saber que están heredando un patrimonio que ella ha cuidado con rigor y ternura.

Me emociona cómo todo en ella está conectado, la voz, el ritmo, el cuerpo, la mirada. No hay gesto que no hable. No hay palabra que no cante. En sus ensayos no nos enseña sólo música, aprendemos a habitarla. A habitarnos desde lo sonoro, lo ancestral, lo íntimo.

Fotografiar a Itsaso ha sido como intentar atrapar el movimiento del aire. Porque ella no posa. Ella está. Vibrando con el grupo, sosteniendo sin sujetar, guiando sin protagonismo. Hay algo profundamente bello en su manera de estar al servicio del canto sin disolverse en él. De ser puente sin dejar de ser cuerpo. Tras la lente de mi cámara, ella en el centro, atenta, en escucha activa, con esa calma de quien confía en el proceso, siento que no es sólo una imagen. Es una escena que respira. Que canta. Que recuerda que las mujeres como Itsaso no sólo enseñan canciones, sino que nos enseñan a no olvidar quiénes somos, cuando cantamos juntas.