Itziar Rekalde Luzarraga – Aktorea, kontalari eta zuzendaria


Proyecto fotográfico de Jaio: <em>"Women are beautiful. Llámame Eulalia".</em> Itziar Rekalde Luzarraga.

Proyecto fotográfico de Jaio: «Women are beautiful. Llámame Eulalia». Itziar Rekalde Luzarraga.


Itziar, la mujer que nada en la oscuridad y sale cantando

No recuerdo en qué momento exacto se hizo el silencio. Sólo sé que fue después de una risa. Esa risa cálida, inesperada, que Itziar provoca con una naturalidad pasmosa, como quien abre una ventana y deja que entre todo el aire de golpe. La risa vino y luego, sin que nadie lo advirtiera, llegó el silencio. Un silencio de esos que no dan miedo, sino que sostienen. Un silencio que huele a infancia, a salitre y a mar, como el cuento de las nadadoras, que Itziar soltó como si lo sacara de una caja de lata antigua.

La conozco hace muchos años y verla en escena sigue siendo conmovedor. Es como espiar el ritual secreto de alguien que no quiere impresionar a nadie, pero termina desarmándote igual.Me habla de lo efímero de su trabajo, porque algunas actuaciones solamente ven la luz de escena una vez. Y se quedan en la retina y en el corazón de quien lo presencia, en la memoria de las bambalinas y flotando en el aire del teatro. Porque lo demás, mis vídeos, las fotos que le saque en escena o el texto en disco duro del ordenador, ya no son lo mismo. Como el sobrecogedor «Empire Eleison«, que tantas veces le he pedido que vuelva a ponerlo en escena.

Esta vez, le hice fotos durante una actuación en EDITA, el encuentro de poetas y editoriales indómitas, que nos unió hace ya más de 20 años, esa tribu de gente que vive del lenguaje y del filo. Y ahí estaba ella. Entra en escena y todo cambia. Entonces aparece esa otra Itziar, la de la niña a la que preocupó durante un tiempo, poner un huevo cuando cumplió siete años. La misma que construye escenas con una precisión que no se nota, como si las historias le nacieran del cuerpo. La que te mira mientras habla, sin pedir permiso.

La caja de luces iluminaba solamente su rostro y las manos. Todo lo demás era negro. El teatro parecía suspendido en otra realidad. Y yo, porque la conozco, me dejo emocionar y termino conteniendo el aliento mientras ella nombra a las mujeres que estuvieron antes, a las que nadaron, a las que contaron sin ser escuchadas. Itziar no deja nada al azar, toma clases de canto, si decide que quiere cantar en escena. Si quiere emocionar con varias capas narrativas a la vez, aprende a usar un loop y lo traslada a sus bolos como quien lleva un paraguas en tiempo de lluvia.

Itziar dirige una escuela de narración. No enseña a contar cuentos. Enseña a mirar. A escuchar. A elegir las palabras con la urgencia de quien quiere dejar una grieta abierta en el tiempo. Su alumnado no la sigue, la hereda. Y yo, tras la lente, mientras ella hablaba, me sentí testigo de algo que no se repite. El público -poetas, gente creativa, editoras- se dejaba emocionar, como si quisieran tocar la historia con las manos. Y cuando terminó, hubo unos segundos en los que nadie aplaudió. Porque había que volver al mundo real, y costaba.

Las mujeres como Itziar no actúan. Te sacuden en escena. Son bellas no sólo por cómo se ven, sino por lo que significan para el resto, por lo que nos cambia. Y por eso la quiero a mi lado. Para que no se nos olvide que, incluso en la oscuridad más densa, siempre hay alguien que nos cuenta, que nos evoca. Que nos provoca.