Topología con foulard y otras formas de belleza
Lo que Marta Macho escribe en la pizarra no lo entiendo y tampoco me importa, aunque debo reconocer que me gustaría. He venido a mirar, a registrar con la cámara algo más profundo que una fórmula. Estoy en un aula de la Facultad de Ciencia y Tecnología, y el aire tiene ese zumbido de reverencia que sólo ocurre cuando alguien verdaderamente sabe y transmite. Marta entra sin anunciarse, no necesita. Lleva su pañuelo anudado al cuello como un gesto identitario más que como accesorio, como si las ideas también se llevaran con elegancia. El aula se acomoda a su presencia como una superficie curva que se adapta al peso de la gravedad. Marta habla, se mueve, señala. La pizarra se llena de símbolos que podrían ser constelaciones.
Y yo, que no sé de topología ni de sus misterios, sí sé que estoy ante una forma de belleza que no se enseña, la de una mujer completamente entregada a su oficio.
El alumnado la escucha con una especie de devoción silenciosa, como si fueran conscientes de estar asistiendo a algo más grande que una clase. Porque Marta no solamente explica, encarna. Ella es su materia. Y mientras la miro, tras la lente de la cámara, siento que estoy presenciando una danza secreta entre el pensamiento y el cuerpo.
Más tarde, en una pausa, la retrato en otro registro, frente a su portátil, navegando entre biografías de científicas que la historia intentó borrar. Ella les da voz desde Mujeres con ciencia, ese faro digital donde Marta conjura el olvido con datos, relatos y presencia. También en Wikiemakumeok, su militancia feminista se vuelve práctica, la brecha digital de género se achica con cada entrada que ella corrige, con cada nombre que saca del margen para poner en negrita.
“Lo que no se nombra no existe”, me dice, con esa mezcla de firmeza y dulzura que también tiene su forma de mirar. “Y si no contamos lo que han hecho las mujeres, será como si no lo hubieran hecho nunca.” Y entonces entiendo mejor su urgencia, su empeño, su manera de estar en el mundo, como quien custodia una genealogía. Como quien sabe que enseñar es también reconstruir.
Yo me quedo con sus gestos, ese momento en que se gira con energía hacia el alumnado, el brillo en los ojos al dar con la palabra justa, la firmeza sin espectáculo. En sus clases no hay artificio, sólo rigor y fuego. Como si supiera que el conocimiento también es una forma de ternura cuando se comparte así, con esta convicción que se te clava hondo.
Marta Macho me recuerda que hay muchas formas de ser poderosa. La suya es silenciosa, constante, radical. Y bella.




