Inés Ferrero Pascual – Conductora – Bilbobus L22


Proyecto fotográfico de Jaio: <em>"Women are beautiful. Llámame Eulalia".</em> Inés Ferrero Pascual.

Proyecto fotográfico de Jaio: «Women are beautiful. Llámame Eulalia». Inés Ferrero Pascual.


Inés. Aparta que voy. Hoy conduce una rebelde.

Dicen que los autobuses tienen ruta, horario y destino. Pero yo sé que este, el 22 de Bilbobus, tiene además una capitana al volante con alma de corsaria. Se llama Inés Ferrero. Y quien piense que su vida cabe en la línea recta de unas vías trazadas, no ha entendido nada de lo que significa ser libre.

Hoy me he hecho el recorrido a su lado, cámara al cuello y mirada abierta, para retratar no sólo su trabajo, sino también esa forma suya de estar en el mundo, firme, luminosa y con un punto de rebeldía invencible. Sus gafas de sol reflejan el paisaje urbano de Bilbao como si fueran las cristaleras de una nave espacial. Ella mira, saluda, incluso cuando nadie devuelva el gesto. Lo hace porque le da la gana, porque no va a permitir que nadie defina cómo comportarse. Ni hoy, ni nunca.

Cuando era joven, la rebeldía la llevó a alistarse en el ejército. “No me gustaba estudiar, quería probar qué había ahí fuera”, me confiesa con esa sonrisa suya que mezcla desafío y ternura. Pero a los tres años supo que obedecer sin pensar no era lo suyo. Como si el mundo fuese un tablero de juego, se sacó todos los carnets de conducir que existen, moto, camión, tráiler… y se lanzó a la aventura. No, el de autobús no se lo sacó entonces, no pensaba nunca dejar la carretera. Trabajó como camionera varios años. Cuando la vida la obligó a parar, lo hizo. Se sacó el carnet de autobús y comenzó aquí, pero aún hoy, mientras maniobra este mastodonte rojo por las calles estrechas de Zurbaranbarri, me comparte su secreto, “A veces echo de menos el tráiler… por la libertad. Me sentía libre y dueña de mis tiempos”.

Pero la libertad también está en los detalles. En los buenos días que da sin esperar respuesta. En cómo se presta a bromear frente a mi cámara, fingiendo que empuja el autobús con las manos, como si fuera una superheroína de barrio. En la complicidad que tiene con las niñas de ikastola que la saludan al subir, sabiendo que esa gran mujer, con gafas espejo y sonrisa franca, es mucho más que la conductora del 22, es un ejemplo de que te puedes trazar tu propio mapa, incluso dentro de una ruta fija.

Tras la lente de mi cámara, mientras me cuenta cómo ha tenido que esquivar a un yonki que se apoyaba como si el autobús fuera una barra de bar, me doy cuenta de que la belleza de Inés no está en el uniforme, ni en las gafas, ni en sus uñas rojas. Está en su convicción de que ninguna vida está escrita de antemano. En su capacidad de reconducir la suya cada vez que ha hecho falta. En la fuerza que tiene para seguir sonriendo, incluso cuando el mundo a su alrededor parezca oxidado.

A veces nos empeñamos en buscar referentes lejos, muy lejos. Y resulta que bastaba con subirse al 22, o al 85, o al 48 (depende de la línea que ese día le toque) para encontrar a una mujer que conduce su vida, y el bus, con la misma certeza con la que otras conducen revoluciones. Porque, si algo he aprendido de Inés, es que la rebeldía no se pierde, se transforma en ruta propia.