Iratxe Loroño Andikoetxea – Administrativa


Proyecto fotográfico de Jaio: <em>"Women are beautiful. Llámame Eulalia".</em> Iratxe Loroño Andikoetxea.

Proyecto fotográfico de Jaio: «Women are beautiful. Llámame Eulalia». Iratxe Loroño Andikoetxea.


Memoria a contraluz

Era un día de Bilbao, nublado, pero la luz entraba suave por los ventanales de la consulta. Abro mi cámara y la veo allí, Iratxe, moviéndose con naturalidad entre los aparatos que ella misma ha salvado del olvido, respira, sonríe, y la energía se extiende como un eco por la sala de espera. Es la administrativa de esta consulta de oftalmología desde hace 33 años, y cada gesto suyo tiene un compás de precisión, un ritmo sereno que organiza el tiempo y la memoria.

Sus manos rozan los teclados de los ordenadores a pleno rendimiento, y yo siento cómo su energía positiva se extiende por la habitación, casi como un acordeón que abre fuelle, primero un latido lento, luego se despliega y llena todo el espacio. Cada pantalla, cada agenda organizada, tiene su huella. Ella sabe dónde está cada cosa, no solamente por el orden, sino por la historia que guarda.

Luego me guía hacia su pequeño museo. Sus manos rozan las vitrinas. Me enseña los aparatos antiguos, con cariño casi maternal, y me habla de cada uno, de cómo sobrevivieron a reformas, cómo se adaptaron a un mundo moderno que los arrincona, cómo ella los mantiene vivos. La escucho y la veo delicada, tierna, orgullosa, y siento cómo sus palabras, suaves pero firmes, levantan un puente entre el pasado y el presente. Respiro. Y su voz se vuelve música que acompaña la luz que entra.

Aprendió tecnología cuando nadie sabía muy bien a dónde llevaba, y además siendo mujer. Eso le abrió puertas que ahora ella sostiene abiertas para el resto del mundo, como un gesto discreto pero potente. Y la música… siempre la música. Aprendió con un profesor ciego, toca el acordeón con un grupo de mujeres, y esa melodía interior se filtra en todo lo que hace, calma, ritmo, alegría contenida, fuerza silenciosa, decisión.

Mientras disparo la cámara, pienso en cómo retratar su alma, no sólo los objetos que cuida, ni los ordenadores que domina, sino su pulso, su energía que se siente aunque no la veas. Una mujer que hace historia todos los días, que transforma lo cotidiano en memoria viva, y que al mirarla entiendo que la belleza es energía, curiosidad y amor por lo que hacemos.

Lleva puestos unos pendientes de su madre. Ella, siempre más moderna, más atrevida, se los tendió con una sonrisa que era casi un desafío, “póntelos, que te van a quedar preciosos”. Y ahí están, colgando como si cada movimiento de su cabeza hiciera danzar también su determinación, su alegría y su manera distinta de habitar el mundo.
Pienso en cómo su camino ha sido un acordeón que se expande y contrae, llevando música y alegría. Me habla de su acordeón de verdad, de las melodías que toca con otras mujeres, de aquel profesor ciego que le enseñó a escuchar. Y a tocar. Y sé que su música no está sólo en el pentagrama. Está en su manera de organizar, de proteger, de enseñar. Está en la calma que contagia, en la fuerza que irradia sin imponerse.

Cada nota parece filtrarse en lo que hace aquí, entre papeles y pantallas. Organiza, protege, enseña, mantiene vivos objetos y recuerdos. La energía positiva se expande sin esfuerzo. No impone, contagia. Es memoria, ritmo, luz. Es la belleza de lo cotidiano transformada en vigor y cariño. Es la belleza que merece ser mirada.