Bisturí, guitarra y otras formas de rebeldía
Entro en su consulta y me convierto en espía de lo cotidiano. Paula aparece sin artificios, sin imposturas. Es una mujer que no necesita adornos, porque su presencia basta. Ella te atiende sin protocolos, es muy clara y directa hablando, y no se entretiene en lo superfluo; como buena mañica, va al grano, con esa claridad que solo otorgan la experiencia y la verdad, no tiene tiempo para adornar lo evidente.
Vino a Bilbao para especializarse y aquí se quedó, como quien llega a un puerto y decide que ese mar también le pertenece. Ella encarna la riqueza de la sanidad pública, un bien común que se sostiene gracias a profesionales como Paula, porque ella tiene la serenidad de quien sabe que lo pequeño puede cambiarlo todo, un gesto milimétrico, un corte preciso, una decisión clara. Como una costurera obstinada, devuelve a cada persona el gesto íntimo de leer una página sin esfuerzo, reconocer una cara querida, descubrir la belleza oculta en lo cotidiano. No hay mayor acto de generosidad que este. Tiene la firmeza de quien no duda y la delicadeza de quien sabe que el cuerpo ajeno es territorio sagrado.
Me confiesa que el quirófano es para ella como una sala de costura. Y sonrío porque la metáfora le pertenece. Puntada a puntada, hilo invisible, va reparando la visión. En su voz no hay solemnidad, hay ritmo, conversa mientras opera, no para distraerse sino para infundir calma, para que el tiempo se detenga, la vida se relaje y no tiemble. Me sorprende lo mucho que se parece ella a sus manos. Firmes, rápidas, pacientes. Manos que saben dónde mirar y qué callar. Manos que curan, que cosen, que saben extraer un cuerpo extraño de un ojo y que podrían arrancar un acorde en cualquier taberna de Zaragoza.
Camina entre congresos y pasillos de hospitales públicos, los llena de futuro con la obstinación de quien cree en lo común. El hospital de Basurto es, para ella, hogar, y eso se nota cuando te atiende… te recibe con la calidez del hogar y la paciencia de quien entiende que la espera también cura. Entre luces tenues y destellos de precisión, ella se mueve con la serenidad de quien sabe que mirar es una forma de amar la vida.
En su consulta le brillan los ojos cuando te habla de los últimos avances, acaricia cada máquina con entusiasmo y te detalla sus virtudes con pasión, no por vanidad tecnológica, sino porque en cada una reside la promesa de devolver al mundo sus colores. Su vocación es la de tender puentes entre la ciencia y la esperanza, entre los ojos que se apagan y las miradas que renacen.
Serendipia es la palabra que me viene a la cabeza mientras la miro tras la lente de mi cámara. El azar jugando a mi favor. Fui a urgencias un día en que ella no tenía que estar, pero había ido a saludar y me «adoptó», enseguida me convenció de que la operación era la mejor opción y yo sucumbí a su criterio. Me cambió la vida en un glpe de azar, un encuentro mínimo que se convirtió en destino. Así es Paula, aparece, convence, transforma. Al revisar las fotos siento que no retrato sólo a una médica, sino a una mujer que devuelve miradas.
Su historia familiar late en cada gesto. Del abuelo joyero heredó el amor por lo minucioso, por el trabajo de precisión, por lo pequeño y perfecto; de la abuela, mujer pionera, química en una empresa suiza, la certeza de que una mujer podía ser exacta, rigurosa, científica, en un mundo que la esperaba en silencio. En Paula se cruzan las dos herencias, la joya microscópica y la fórmula invisible; la delicadeza y el coraje; la precisión y la ciencia.
Sonríe también cuando menciona la clínica privada en la que colabora, heredera de quien realizó el primer trasplante de córnea en el Estado. Ahí otro linaje, esta vez el médico, la ha adoptado, sumando raíces a su identidad.
Le pregunto qué hará cuando se jubile. Me responde que volverá a cantar con la guitarra y retomará la costura. Y la imagino zurciendo canciones, operando notas, reparando grietas con melodías invisibles que no sonarán en el quirófano.
La enfoco de nuevo y veo el legado de quienes la precedieron, la claridad de quien cumple sus sueños sin perder el tiempo en disfraces. No hay frivolidad en ella y sí mucha belleza. La belleza de lo apropiado, de lo verdadero, de lo que no se rinde, porque Paula se ha convertido, con su manera de ser y de habitar el mundo, en una forma de rebeldía. Una mujer que transforma el azar en destino y la precisión en ternura.




