Almudena Isusi Eizmendi – Bailarina


Proyecto fotográfico de Jaio: <em>"Women are beautiful. Llámame Eulalia".</em> Almudena Isusi Eizmendi.

Proyecto fotográfico de Jaio: «Women are beautiful. Llámame Eulalia». Almudena Isusi Eizmendi.


Las ecuaciones del viento

El mar ruge ahí abajo, el Cantábrico se parte contra las rocas con la fuerza de un animal libre que no se deja domesticar. Y ella, Almudena Isusi Eizmendi, no se inmuta. Respira hondo, se coloca en el filo del acantilado y empieza a bailar con una calma que me contagia. Es una de esas mujeres que parece decir, sin palabras, aquí estoy, aquí bailo, aquí me sostengo aunque el suelo tiemble bajo mis pies. El viento la despeina, pero ella lo convierte en aliado y se deja llevar, como si el aire tuviera memoria de sus pasos. Es una conversación muda entre ella y el mar. Coreografía para un acantilado podríamos titular este post.

No hay música todavía, sólo el viento, el eco de las olas y el compás de su respiración. No necesita música porque la lleva dentro, porque el cuerpo le sirve de partitura. Sus movimientos son íntimos, casi secretos, como si hablara en un idioma inventado, uno que no necesita traducción, como un secreto compartido solo con el viento. El cuerpo como susurro. Un gesto mínimo en sus manos basta para que todo el horizonte parezca girar con ella. Yo aprieto el obturador y siento que estoy cazando fórmulas invisibles, líneas, vectores, curvas.

Ella dejó atrás los números, pero sigue resolviendo fórmulas invisibles en el aire. Es la matemática que fue, pero ahora su cálculo se escribe con músculos, con silencios, con piel. Colgó las ecuaciones en un perchero y se quedó con el cuerpo como único lápiz. Y pienso que es un gran acto de valentía dejar atrás los números que la definían para abrazar la danza como territorio propio, como forma de existir. Para redefinirse.

Y ponemos música, ella elige “Shepherd” de Joep Beving, el piano entra en escena como si fuese otra ola más, entra suave, pero es un latido que lo abarca todo, el acantilado, la cámara, su fluir, el olor a salitre, las nubes caprichosas, que van y vienen y nos modifican la luz a cada rato. Todo.

Baila sobre lo imposible, descalza, sobre la tierra, se deja llevar de esa fuerza íntima y a la vez expansiva que la define. Hay algo magnético en ella, no es sólo la bailarina, es la mujer que decidió empezar de nuevo cuando lo fácil habría sido quedarse quieta. Hay en cada movimiento suyo un eco de ser indomable, bailar donde otras personas habrían renunciado, apropiarse de su cuerpo donde otras gentes habrían aceptado esos límites. Y, sin límites, su danza la lleva a Roma, a integrarse en una compañía joven de ballet, donde continuará bailando sin fronteras que vencer.

Está aquí porque quiere ser parte de este coro de mujeres que sostienen el proyecto «Women are beautiful». Y yo la siento, tan cerca, que casi puedo jurar que el mar se calla para escucharla. Fotografiarla es como asomarse a un umbral. El instante antes del salto, el instante antes del abrazo.

No sé si la belleza está en sus movimientos o en la forma en que el mundo parece cederle paso. Pero sé que es poderosa y que ese poder no grita, susurra. Tras la lente de mi cámara, sus manos. Ella se queda en silencio, con los brazos abiertos flotando, como una ecuación resuelta en el aire. Podría decir que, mientras ella danza, el viento aprende a contar de nuevo.

La belleza de Almudena está en la delicadeza con que se deja mecer por el viento, pero sobre todo en la radicalidad de haber escogido el baile como destino, aunque todo indicara lo contrario.