Las Orcamaris


Proyecto fotográfico de Jaio: <em>"Women are beautiful. Llámame Eulalia".</em> Las Orcamaris.

Proyecto fotográfico de Jaio: «Women are beautiful. Llámame Eulalia». Las Orcamaris.

Proyecto fotográfico de Jaio: <em>"Women are beautiful. Llámame Eulalia".</em> Las Orcamaris.

Proyecto fotográfico de Jaio: «Women are beautiful. Llámame Eulalia». Las Orcamaris.

Proyecto fotográfico de Jaio: <em>"Women are beautiful. Llámame Eulalia".</em> Las Orcamaris.

Proyecto fotográfico de Jaio: «Women are beautiful. Llámame Eulalia». Las Orcamaris.

 Orcas no se nace, se nada

Hay días que se te meten en la piel como si fueran salitre. Aquel fue uno de esos. La luz se deslizaba por la bahía como un foco de discoteca; era un sol fuerte, potente, aunque eran ya las seis de la tarde. El mundo aún bostezaba la siesta y ellas ya estaban ahí, mujeres de neopreno, gorros de colores, gafas empañadas, boyas de seguridad inflables y cuerpos dispuestos. Charloteando, se preparaban para el ritual. No había gritos, ni prisas, era una sincronía suave, de las que se construyen cuando el respeto es más fuerte que el ego.

Las Orcamaris. Así se llaman. No porque les guste la mar, que también, sino porque han aprendido a nadarla juntas. Tras la lente de mi cámara, las vi caminar hacia el agua como si supieran algo que el resto del mundo ha olvidado. Una sabiduría ancestral que no necesita manuales.

Me recordaron, en cierto modo, a las hanenyeo, las mujeres buceadoras de la isla surcoreana de Jeju, cuya actividad ha sido declarada patrimonio inmaterial de la humanidad. Y nuestras Orcamaris son también nuestro patrimonio inmaterial.

Ellas no compiten ni se miden, se acompañan. Cada una a su ritmo, como quien escribe su propia cadencia sin perder el compás del grupo. Una se detiene, otra la espera; una avanza, otra la observa desde atrás, atenta. Como orcas. Sin dejar a nadie sola en medio del océano. Se hacen 2.000 metros nadando por las boyas en la bahía de Gorliz (o de Plentzia, según quién te lo cuente).

La expresión de sus caras habla más que las palabras. En sus cuerpos hay fuerza y belleza sin pretensiones. Sus movimientos componen una coreografía sin coreógrafa. Fluyen. Y eso también es un acto político.

El agua está fría, es el Cantábrico, pero hay algo cálido en el modo en que se miran, en la certeza de que ninguna se perderá. Si alguna se retrasa, el grupo afloja la brazada, extiende una mano, una broma, un gesto. Lo que haga falta, porque aquí nadie es líder, sólo hay lealtad.

Hay algo profundamente feminista en ese gesto de esperarse, en ese acto de nadar juntas, no para llegar antes, sino para no dejar a nadie atrás.

No sé sus historias completas, pero las intuyo en sus risas, en las arrugas que nacen del sonreír, en los ojos que se estrechan al sol, al mirar, al cuidarse. Algunas llevan décadas nadando y otras apenas están empezando. Pero todas están aquí, con la marea en el pecho y el corazón abierto.

Fotografiar a las Orcamaris no es congelar un instante, es aprender a mirar el tiempo de otra manera.

Las observo mientras se visten, se sacuden la arena, se abrigan. Ríen. Y es que la mar no es el desafío, sino el vínculo. Ellas no nadan para demostrar algo. Nadan para sostenerse. Y lo hacen como si cada brazada tejiera una red invisible entre ellas. Mujeres que no necesitan que nadie las salve, sino que las miren como ellas se miran, con admiración, con ternura, con respeto.

Esta vez, como tantas otras, no solamente hice fotos. Vi a mujeres que están mejorando el mundo desde lo íntimo, desde lo cotidiano, desde el agua.