Lorena. Zapatos como tambores, cuerpos como antorchas
El sol de Bilbao, en su versión más improbable, como siempre, se deja intuir sobre el muelle de La Naja. Hoy estoy en Bilborrock, una antigua iglesia donde ya no se predican dogmas, sino pulsos. Los cánticos de las paredes se transforman en taconeos. En esta iglesia desacralizada se rinde culto al cuerpo que se afirma, que resiste, que se expresa. He venido a una fiesta que también es trinchera. Y ahí está ella, Lorena Salcedo. Años de experiencia, ternura y poder como profesora de flamenco, de baile urbano, de ritmo callejero y raíz honda. Hija de una amiga, la conocí en el encuentro más multicultural que tiene Bilbao, “Arroces del mundo” y enseguida me enamoré de su presencia.
Baila con su alumnado, diverso, algunas peinan canas y otras aún tropiezan con la vida. Y cuando alzan los brazos en tensión, el aire se vuelve denso. Es flamenco puro, sin estilizar, sin domesticar. Los cuerpos vibran en un grito colectivo que no pide permiso para ser hermoso. Veo en ese instante la coreografía de muchas vidas entrelazadas, compartiendo no sólo pasos, sino memorias. Ahí está la fuerza, en lo plural, en lo colectivo. Y terminaron rindiendo homenaje a la bandera de Palestina, como no podía ser de otra manera.
Se agrupan en un rincón para comentar las incidencias del ensayo, sudor, risas, correcciones, complicidad. Hay algo sagrado en esa escena, son mujeres que se reconocen, se apoyan, se permiten equivocarse. Las diferencias de edad, de acento, o de color de piel no se borran, se celebran. Es la pedagogía silenciosa de Lorena, ella enseña sin decirlo, abraza con una sonrisa, sin levantar la voz.
Y luego está el detalle de los zapatos. Clavados en el suelo, huellas de mil pasos. La percusión de esos tacones es un idioma entero. Como si cada golpe en el suelo dijera “Aquí estamos”. Como si fueran un ejército de luz y sonido.
Este ensayo general no tiene público, pero vibra como una manifestación. Nervios, sí. Pero también una alegría honesta, que no se compra, ni se ensaya. Hay belleza, pero no una belleza dócil, sino una belleza que exige ser mirada, comprendida, respetada. Lorena no baila para ser vista, baila para que las otras se vean a sí mismas. Ese es su legado.
Su escuela, La Tribu Dantza Espazioa, es una constelación en la calle Cortes; una trinchera con espejos; una arteria viva, racializada, guerrera, que late con idiomas y acentos, con madres que gritan nombres en mil idiomas, con adolescentes que hacen parkour entre las esquinas del olvido. Aquí no se baila para la foto, se baila porque hay fuego dentro. Y si hay alguien que sabe de ese incendio, es Lorena.
Mientras bajo la cámara, aún tengo la sensación de que algo ha ardido en ese escenario. Algo necesario. Algo que no va a apagarse fácilmente. Menos mal.




