Maca Monasterio Valero – Enfermera de urgencias


Proyecto fotográfico de Jaio: <em>"Women are beautiful. Llámame Eulalia".</em> Maca Monasterio Valero.

Proyecto fotográfico de Jaio: «Women are beautiful. Llámame Eulalia». Maca Monasterio Valero.


La guerrillera del pulso tranquilo

Era domingo por la tarde y el sol entraba insolente por los ventanales del servicio de urgencias de Zornotza. Mejor mucha claridad para tanto dolor, pensé. Y allí, entre el bullicio de camillas y monitores, estaba Macarena Monasterio, Maka. Enfermera de urgencias en Osakidetza. Estudió para podóloga, pero qué suerte tuvo la gente de Zornotza, cambió su rumbo…

Me cuesta que se quede quieta. El obturador la persigue, pero ella huye en cada gesto, colocando una vía, preparando una inyección para evitar los vómitos de una niña, cargando gasas y suero para limpiar la herida de alguien que se disculpa por sangrar en domingo. Maka no se enfada, no se apresura. Se mueve con precisión quirúrgica y, al mismo tiempo, con una ternura que desarma. Sólo existe en el instante que exige el mundo y el dolor de quien está frente a ella.

Me acerco, busco su mirada. Me regala apenas unos segundos, como si supiera que la fotografía es también una urgencia. Sus ojos me dicen «hazlo rápido, no hagas esperar a nadie». El click suena y ella ya está en otro lado, monitorizando saturaciones, reposando la mano en un hombro, calmando a alguin con sólo colocarse cerca, convirtiéndose en un pulso humano que reconcilia el miedo con la esperanza.

Lo que me sorprende no es solamente su pulso firme, sino la paz que arrastra. Pienso en cómo traslada esa serenidad fuera de estas paredes, a Finlandia, donde una vez se quedó a vivir, al calor de una pareja checa, al parque donde tres perras la siguen como si fueran pacientes que necesitan su compañía. La veo guiando a una de ellas en una pista de agility, el cuerpo inclinado, la voz precisa, la complicidad total. Lo mismo que aquí, solo que sin bisturís ni oxímetros.

En urgencias, igual que en la pista de agility, Maka se guía por la precisión y la complicidad. En ambos espacios no hay margen para el exceso, ni gritos, ni aspavientos, ni contacto innecesario. Solo la voz, el gesto medido, la confianza absoluta en que la otra parte, sea paciente o su perra, responderá al ritmo que ella marca. Es el mismo arte de conducir sin tocar, de acompañar sin invadir. Su oficio y su hobby se funden, la enfermera que calibra dosis y monitoriza saturaciones es también la guía que dirige sobre los obstáculos, que enseña, que protege con la suavidad de quien entiende que la fuerza no siempre grita. En ambos casos, la clave está en el vínculo invisible que sostiene todo, esa serenidad suya que no se aprende en manuales, sino en la vida.

Maka es eso, guerrillera y cuidadora. Punki en su resistencia, tierna en su manera de habitar el caos. Una mujer que pincha una vena y, al mismo tiempo, devuelve el pulso a su propio ritmo tranquilo, seguro, humano.

Es una de las tres mujeres clave que atienden el PAC en Zornotza, Janire, Leire y ella. Y cuando ella se aleja, deja tras de sí un silencio que duele y que cura al mismo tiempo, como si hubiera recordado a todos que hay un orden posible incluso en el desorden más absoluto.