Manual de supervivencia para corazones con baquetas
Hay algo en el golpe del bombo que parece ordenar el caos del mundo. El sonido atraviesa el aire, pesado y limpio, y ahí, con las baquetas firmes, la espalda recta, el gesto concentrado, está Rosa. Ese primer golpe de batería suena como una declaración. No de guerra, sino de vida. Un «aquí estoy» que vibra desde el pecho hasta los tobillos.
Hay en ella una serenidad auténtica, como si la vida la hubiera pulido con paciencia. Podríamos decir que esa calma es, en realidad, una forma de rebeldía. Una decisión. La de seguir latiendo al ritmo que Rosa eligió hace tiempo, incluso cuando el cuerpo dolía.
Rosa empezó a tocar la batería pasados los cincuenta. Cinco años atrás, en un cumpleaños cualquiera, la piel del tambor le devolvió algo que no sabía que buscaba. No tenía técnica, ni referencias, ni pretensión alguna, solamente el impulso, ese impulso que a veces es el principio de la libertad. Un juego, una chispa, un hermoso accidente y desde entonces, no ha parado. Dos años en la academia, incontables horas de práctica, una entrega que huele a pasión y disciplina. La música la eligió cuando ya había vivido mucho, quizá por eso, porque la vida ya la había vaciado lo suficiente como para dejar espacio al ritmo.
Ahora forma parte de una banda, Transeúntes. Ensayan en un cuartito mínimo, no más de nueve metros cuadrados. MJ al bajo, Edu a la guitarra. Cuando yo entro en el local con la cámara, apenas cabemos, pero ¡madre mía, cómo suenan! Las paredes tiemblan y en medio de ese torbellino de ruido y calor, Rosa sonríe. Sonríe de verdad, desde dentro.
Cuando se sienta tras la batería, parece que conversa con su propio corazón. Golpea suave, luego más fuerte, se deja llevar. Cada compás es una afirmación de vida. Hay algo profundamente terapéutico en verla tocar. Ella lo dice sin rodeos, «la música me cura todos los males». La última vez que subió al escenario estaba enfermísima, a punto de no ir. Pero en cuanto rozó los platillos con las baquetas, todo desapareció. La fiebre, el cansancio, la duda. Solo quedó el ritmo, fue pura vibración, que no se ve pero que sostiene.
Cuando no está tocando, Rosa es administrativa en la Diputación Foral de Bizkaia, en el área de relaciones municipales. Entre papeles, gestiones y voces al otro lado del teléfono, mantiene esa calma suya, esa serenidad rebelde que no se aprende en ninguna oficina.
Estudió psicología. Quizá por eso escucha distinto, las pausas, las respiraciones, los silencios que se esconden entre un golpe y otro, escucha el ritmo del mundo con una atención distinta. Hay precisión en sus manos, pero también ternura.
Cuidó de su madre durante diez años. Diez años de amor y espera. Diez años de silencio, de paciencia, de sostener sin aplausos. Ahora va a ser amama y cuando lo dice, se le iluminan los ojos y la palabra se le posa en la sonrisa con la misma suavidad con que se posa el polvo sobre un platillo después del ensayo.
Es naturista, aunque no anda descalza por casa desde que se clavó un pelo del perro, ama la sensación de tranquilidad, respeto y libertad, que hay en la naturaleza y habla de la piel como quien habla de una frontera sagrada. «Galgo que no corre, en el cuerpo lleva la carrera», le repetía su madre. Y yo la miro y entiendo que, aunque ahora camine despacio, una pierna rebelde la obliga a hacerlo, dentro de ella sigue corriendo algo salvaje.
Hay mujeres que construyen belleza sin buscarla, solo por insistir en existir a su manera. Rosa es una de ellas. No se maquilla para el escenario, no finge juventud, no pide permiso. Su poder está en el gesto de seguir aprendiendo, de empezar algo nuevo cuando el mundo te dice que ya es tarde. Es una mujer que encontró en el ruido su silencio, en el ritmo su refugio y en la música su espejo.
Tras la lente de mi cámara la veo respirar, cerrar los ojos, levantar las baquetas. El clic de la cámara se alinea con el ritmo del tambor. Y pienso que algo así es como suena la libertad cuando encuentra cuerpo. Y mientras la fotografío, pienso que eso, justamente eso, es lo que quiero retratar, la belleza de una mujer que se pertenece.




