Amaia. Turnos de gravedad, el peso empieza en tierra firme
Hablemos del trabajo, de la rutina, de los turnos, de las manos que lo desarrollan, y de esa paradoja hermosa que es lo pesado y lo inmóvil del hierro que, a la vez, se hace etéreo cuando se trata de servir al público. El Puente Colgante está hecho de material de estrellas, hierro y remaches que también albergan estrellas de este planeta, son las personas que, a día de hoy, trabajan en él, mujeres como Amaia Acha.
Hoy la luz cae recta sobre la ría. Como un conjuro, todo brilla, los tirantes del puente, las barandillas, el cristal del datáfono, las pulseras infinitas que lucen en la muñeca de Amaia mientras cobra con una sonrisa… Me pregunto si esas pulseras son pequeñas victorias diarias, recuerdos, señales de líneas rojas, o simplemente colores que le alegran el turno.
Hay algo magnético en observar a una mujer segura en su territorio. Sobre todo si ese territorio es una barquilla que fluye entre dos orillas como un artefacto de otro tiempo, y ella la gobierna como quien lleva años domando planetas. Dirige el tráfico, acomoda los coches, aclara dudas, da indicaciones claras, cobra los peajes sin perder jamás ni la sonrisa, ni el respeto.
Coordina a la vez el datáfono de cobrar la Barik, el walkie para avisar la salida, la tablet de control de pasaje, la cartera con los cambios para el pago en efectivo, los buenos días y las advertencias. No falla. No duda. No tiembla.
Un señoro, de esos que aún creen que pueden regatear como derecho adquirido ante una mujer, se le puso chulo un día, no por la tarifa, que es ridícula, sino porque aún no ha entendido en qué siglo vive. Amaia, sin levantar la voz, le explicó de nuevo que debía pagar los 55 céntimos. Ganas le dieron de decirle “Aquí se paga y se cruza, o te das la vuelta y te vas nadando”. No lo hizo, pero no por falta de ganas.
Hay quienes cruzan puentes y hay quienes los sostienen. Amaia pertenece a esa estirpe silenciosa que mantiene las cosas en pie, que hace que el mecanismo siga girando incluso cuando nadie lo mira, como las orquídeas salvajes, que siguen emitiendo su fragancia, aunque nadie las huela. El Puente Colgante, Patrimonio de la Humanidad, se sostiene por su acero, sí, pero también por personas como ella, y por todas las personas que antes que ella dirigieron barcos, fundieron hierro o marcaron el paso del turno en fábricas que ya sólo sobreviven en las fotos antiguas.
Cuando la barquilla llega a la otra orilla y han salido todos los coches, Amaia avisa a cabina por el walkie “barquilla vacía”, y comienza la carga organizada por ella, del siguiente viaje. Cargada la barquilla, pronuncia las palabras mágicas “Cuando puedas” y la barquilla se pone en marcha, despacio, como una criatura paciente, obediente y silenciosa. Y no es sólo una frase de rutina, es una garantía para quienes cruzamos a la otra orilla sabiendo que alguien vigila, alguien que nunca permitirá que nos roben el trayecto, ni la dignidad, ni los céntimos.
El mundo necesita más mujeres así. Que no piden permiso. Que se pintan el pelo de colores imposibles porque ellas lo valen. Que se saben en su sitio y no lo negocian. Mujeres que te miran a los ojos y te dan los buenos días como si fueran un regalo. Mujeres que sostienen, sin aspavientos, la belleza improbable de lo cotidiano y que disfrutan con su trabajo. A Amaia le gusta mucho lo que hace. Y se nota.
Tras la lente, he espiado a Amaia trabajando y me llevo la certeza de que la historia sigue pasando por manos firmes, pulseras de colores, miradas seguras. El puente sostiene coches, pero ella sostiene el puente. Me llevo la imagen viva de una mujer que es puente, barquilla y destino. Todo a la vez.




