Arantza Álvarez Rubio – Acordeonista – Kilometro Kantu


Proyecto fotográfico de Jaio: <em>"Women are beautiful. Llámame Eulalia".</em> Arantza Álvarez Rubio.

Proyecto fotográfico de Jaio: «Women are beautiful. Llámame Eulalia». Arantza Álvarez Rubio.


No se toca el acordeón con medias tintas

Hay mujeres que, al llegar, cambian el aire, como si abrieran las ventanas de golpe. Arantza es una de esas. No levanta la voz, no impone. Pero hay algo en su manera de estar que ordena el mundo. Brilla. Y lo hace como si tal, sin buscarlo, simplemente, acompaña, como quien sabe que acompañar también es una forma de liderazgo.

La conocí un día en Olabeaga. Vino para acompañarnos al Noruega Kantari. Llegó con su acordeón como quien llega puntual a una cita importante. Montó el atril, saludó con una sonrisa de esas que duran años y se puso a tocar. Así, sin drama. Desde entonces, cuando hay que cantar, es ella quien marca el paso. A quien miramos. A quien seguimos.

Poco después, cuando aquel encierro indeseado quedó atrás y todavía teníamos el cuerpo lleno de hambre de calle, ella y unos amigos se vinieron al barrio a organizar una kalejira sorpresa. Sin avisar, sin grandes carteles. Sólo ganas. Y lo hicimos, nos echamos a la calle a cantar a pleno pulmón durante horas, a celebrar que seguíamos viviendo. Arantza nos llevaba el pulso, el ritmo, regalando su música como si fuera pan recién hecho y nos supo a gloria.

Es julio, son los cármenes en Plentzia, y el kantagune arranca su kalejira. La observo mientras toca. Me quedo un poco atrás. Me gusta porque no posa. No pretende ser nada, sólo es. Está en lo suyo y se entrega por completo a la tarea de sostener el ritmo del resto. Le disparo desde el costado, cuando se inclina con dulzura sobre el fuelle del acordeón. Sus dedos, fuertes, firmes, alegres, conocen bien el vaivén de los botones. Hay técnica, claro. Pero sobre todo hay gozo. Un gozo que no es maquillaje, no es decorado, es estructural. Disfruta tocando. Y se nota.

Y luego quedo con ella a desayunar para hacerle el retrato. Abandona su actividad para mirarme y dejarse retratar. Me mira y sonríe. Ese instante, en blanco y negro, es otra cosa. Más íntimo. Más frontal. Ahí está su firmeza. Ahí está su dulzura. Ahí están los años de estar al pie del cañón, de correr medias maratones en silencio y los baños fríos con las «Orcamaris«, esa red de mujeres que nadan a su ritmo pero salen juntas y regresan juntas. Nadie se queda atrás, dicen. Ella tampoco deja a nadie atrás.

Hay una libertad profunda en su forma de estar. De enseñar. De correr. De nadar. De tocar. A veces creo que en mujeres como ella, que hacen muchas cosas no para ocupar espacio, sino para habitarlo, es donde se revela una de las formas más sinceras de la belleza.

Porque Arantza no se guarda nada. Lo da todo en movimiento. A paso firme. A golpe de fuelle. Y yo, tras la lente, solo puedo dar las gracias por haber estado allí para mirar.