Blanka Gómez de Segura Piérola – Alfarera


Proyecto fotográfico de Jaio: <em>"Women are beautiful. Llámame Eulalia".</em> Blanca Gómez de Segura Pierola.

Proyecto fotográfico de Jaio: «Women are beautiful. Llámame Eulalia». Blanca Gómez de Segura Pierola.


Aunque él no lo creyera, esto también es cosa de mujeres

La luz entra inclinada por la ventana y se posa sobre las manos de Blanka Gómez de Segura, que giran, presionan, acarician. Hay un zumbido grave, leve, es el torno. Es el pulso del oficio. La mañana huele a barro húmedo y a leyendas calladas. El taller es tibio, como un corazón que guarda fuego.

Me habla sin dejar de trabajar: «Mira, esta mano presiona y esta otra moldea», me dice. La frase se desliza entre el zumbido del torno y el latido de la arcilla. Los dedos obligan a obedecer a la arcilla, la invitan a ceder. El barro, dócil y terco, respira en espiral. No es lo mismo un plato que un katilu, que una jarra, que un botijo. Cada pieza es un momento, y cada momento, un equilibrio frágil. Es un baile. A veces parece que el barro vaya a rendirse, a colapsar, pero no lo hace.

Tras la lente de mi cámara, el sol dibuja su perfil contra la pared azul. Las mejillas iluminadas por una franja de luz. Los brazos tensos, los dedos finos marcando territorio. Sus movimientos son un idioma que no necesita traducción.

Se posa sobre las vetas del torno, sobre la piel húmeda de una bola de barro que gira y gira y va tomando forma. Blanka la sujeta con una calma que es fuerza pura. Cada curva tiene su memoria; cada borde, su destino; cada giro es un segundo suspendido. Sus movimientos hipnóticos me atan al suelo, siento que podría quedarme aquí para siempre, viendo cómo la forma nace.

Claro que también es química, y alquimista y cocinera del barro, y lo mismo te habla de los componentes de la arcilla o de los esmaltes, que te mete el gusanillo de la recuperación de patrimonio, de ese horno, de ese puente, de la antigua vía; lo mismo te hace un cuenco que prepara atrezzo para cine.

Llegó hace más de cuarenta años, con hambre de aprender. Su maestro le dijo que «era cosa de hombres». Ella se quedó. Aprendió. Y convirtió ese aprendizaje en un legado vivo. Dirige el Museo de la Alfarería como quien riega un jardín que otros dan por seco.

Y fuera está, señorial, el horno tradicional. El único horno alfarero tradicional que queda en Euskal Herria. Lo cuida como quien custodia un tesoro; la boca abierta y dentro el eco de tantos fuegos. Pienso en todas las manos que antes moldearon aquí, manos invisibles, silenciadas.

Habla de esmaltes, de temperaturas, de minerales que cambian de color al contacto con el fuego. Muestra los sonidos del barro, el crudo, el cocido, el que tiene hierro, el que ya ha sido moldeado… Se detiene para señalar la curva perfecta de un borde. Tierra y agua en equilibrio. Química y poesía. Didáctica y oficio.

No hay barro que no entienda su mano. No hay tradición que no pueda reescribirse. Un oficio que baila sobre el filo del tiempo. En la puerta del Museo su figura se recorta contra el fondo. Es un retrato y es una declaración. Aquí, en Ollerías, junto al pantano de Urrunaga en la Araba más interior, su taller, su horno, su hogar, Blanka no solamente hace piezas, también hace belleza, hace arte y hace futuro.