La chispa que saltó junto al mar
Paz Carbajosa tiene muy bien puesto el nombre. Es la paz con botas. No corre, simplemente se desplaza como si el aire le debiera algo. Tiene las manos firmes y en la muñeca un mechón de cables que componen el arco iris como si fuera una pulsera improvisada.
Yo la observo cómo desenrolla el cable en espiral. Ella habla mientras trabaja pero no se detiene y aprieta una tuerca con la calma de quien sabe que la fiesta depende de esa vuelta exacta, los barriles de cerveza esperan su milagro. Me cuenta que sus padres no la dejaron estudiar mecánica. Que se refugió en la Filosofía, como quien se esconde en una biblioteca durante una tormenta. Pero luego, un día, junto al mar, decidió que iba a seguir su pasión, que su vida tenía que oler a aceite, no sólo a tinta. Me cuenta:
«La verdad verdadera, es que a mí no me cupo la posibilidad de poder ser mecánica, hasta octubre de 2009. Estaba tomando el sol en la playa y me dije… ¿Y si hago lo que más me gusta en esta vida?, ¿y si estudio mecánica? Y se me puso la sonrisa de quien sabe lo que le hace feliz. Llamé a muchos institutos, porque me daba igual dónde estudiar, lo importante era que fuera ya ese año. Era octubre, un poco tarde para hacer realidad mi sueño. Y fue en Bilbo, en Atxuri, donde pude matricularme. Lo hice en el curso nocturno, que en vez de 2, son 3 años. Y en vez de ir con gente joven, éramos gente más adulta».
Hoy era la responsable de toda la instalación eléctrica de la txozna feminista Txinparta, para Aste Nagusia 2025. La txozna entera está a oscuras, expectante, como si contuviera la respiración, son todas mujeres que trabajan a buen ritmo, arrancando el generador cuando hace falta porque seguimos sin electricidad… Ríe. Cuando Iberdrola quiere, ella conecta el último diferencial, el silencio se quiebra y todo se ilumina. ¡Ha llegado la luz! Vivir en primera persona cómo se ha iluminado todo el recinto ha sido más emocionante que cualquier encendido de luces navideñas.
Aquí, la chispa no decora, alimenta, riega, pone en marcha la noche. Tras la lente de mi cámara, Paz no es sólo una técnica, es la mujer que hace que las cosas funcionen, que se mete en lugares donde tantas veces nos dijeron que no debíamos entrar. Y lo hace con una sonrisa que, si pudiera, también conduciría corriente. Ella es una mujer muy cercana, cariñosa, accesible, y simpática. Pero decirlo así es como describir el mar diciendo sólo que es agua. Su cercanía no es de cortesía, es de manos que se manchan contigo; su cariño se mide en cómo recuerda tu nombre y responde a los mensajes enseguida; y su simpatía no es un gesto, es una risa que se te queda pegada. Con Paz, la técnica se vuelve humana, y la humanidad, se convierte en técnica precisa.
Disparo otra foto y en mi cabeza se cruzan imágenes, Paz explicando ‘Introducción al lenguaje mecánico’; Paz con un grupo de mujeres midiendo paredes con un tubo transparente, y el agua teñida de azul; Paz soñando con que un día, al pinchar una rueda, sea otra mujer la que se acerque a ayudar; Paz impartiendo el taller de electricidad para la autogestión ‘Manos a la luz‘… Y luego está un proyecto que cuida entre algodones, porque aún no ha nacido, su criatura transfeminista de reformas, que crecerá en Bizkaia y Araba como un enjambre de manos aliadas. Carpintería, electricidad, fontanería, mecánica, todos esos trabajos que durante siglos nos enseñaron a mirar desde fuera.
Iremos viendo, mientras tanto ella abre la puerta y te dice: entra, toca, prueba. Y me río porque sé que ya no hay caras de póker que puedan frenarnos.




