Sara Nchama Mitogo – Esteticista (BiaBia, Gorliz)


Proyecto fotográfico de Jaio: <em>"Women are beautiful. Llámame Eulalia".</em> Sara Nchama Mitogo.

Proyecto fotográfico de Jaio: «Women are beautiful. Llámame Eulalia». Sara Nchama Mitogo.


Brillo y agallas, alma de hierro

Primero nos presentamos, le hago el retrato en la calle, delante de su establecimiento. Miro por el visor y todo se vuelve quietud. La piel de Sara Nchama Mitogo absorbe y devuelve la luz como un secreto que sólo confiesa a medias. No posa, simplemente, ocupa su espacio y yo intento seguirle el pulso, atraparlo, antes de que se escurra.

Veo a esa niña que llegó desde Guinea Ecuatorial con ocho años, de la mano de su madre y rodeada de hermanas. Mujeres raíz, mujeres motor, ese matriarcado encubierto que dice, que late, bajo la superficie de su país y se traslada después en el equipaje invisible de las migraciones. En Vitoria creció y vivió hasta casi los treinta años, hasta que el amor, esa fuerza obstinada que atraviesa fronteras, y es capaz de mover el mundo, la acercó a Uribe-Kosta.

En su salón de estética Bia Bia de Gorliz, cada gesto es un acto de cuidado radical. Lo soñó antes de existir, sabía el color exacto que iban a tenr sus paredes, con ese tono acogedor, íntimo, como si fueran un abrazo hecho color. Lo proyectó, lo sostuvo y lo levantó con sus manos. Ahí la retrato, el espacio huele a cremas suaves y a persistencia. El tiempo se pliega y me digo que hay algo profundamente político en verla trabajar para sí misma, en ser dueña de su lugar en el mundo.

Hay brillo en sus ojos cuando habla de Menorca, donde irá de vacaciones ocn su familia, y yo sonrío porque también es mi refugio, y esa coincidencia me hermana con ella de una manera invisible.

Trabaja en su sueño, se ocupa de su familia y por las noches estudia para ser ayudante de forense. El cuerpo humano como mapa, como misterio, como territorio a descifrar, buscando otra forma de comprender la vida. Me confiesa que aprecia el silencio más que nada: «Cuando doy un masaje y vuelvo a casa, estoy como en trance«, me dice. Y la creo, su voz se vuelve casi un susurro, y en ese instante parece sostener la frontera delicada entre lo visible y lo invisible.

Pienso que Sara no necesita adornos, aunque los pendientes que lleva, colgantes, rojos, son hipnóticos. Su legado no está escrito todavía, pero ya palpita. En su andar sereno, en sus silencios fértiles, en esa mirada que afirma, sin gritar, soy dueña de mí misma. Y yo, tras la lente, siento que miro a una mujer que no se deja reducir a una sola imagen, porque cada foto es un espejo fragmentado de lo que ella es, poderosa, hermosa, valiente, real, en una palabra «caleidoscópica». Una mujer que, como la luz, siempre encuentra la forma de atravesarte.