Janire Etxebarria Uriarte – Enfermera de Urgencias


Proyecto fotográfico de Jaio: <em>"Women are beautiful. Llámame Eulalia".</em> Janire Etxebarria Uriarte.

Proyecto fotográfico de Jaio: «Women are beautiful. Llámame Eulalia». Janire Etxebarria Uriarte.


Itsasoa bihotzean

Domingo por la tarde. La luz entra a raudales por los ventanales del servicio de urgencias de Zornotza, blanca, cálida, acariciando las camillas, los pasillos amplios, los suelos que reflejan cada gesto, de puro brillo. Camino despacio, con la cámara al hombro, intentando no romper el ritmo de un lugar que parece latir con vida propia.

Y ahí está Janire, como un latido. Vitalista. Una palabra que la contiene entera, porque ella es un huracán sereno, un torrente que transmite ganas de vivir. Camina rápido, habla suave, toca con la delicadeza de quien sabe que la piel también escucha. «Lasai, lasai», le dice al chaval, y él se calma como si obedeciera a una ola.

La miro tras la lente y siento que no estoy observando, estoy participando. Cada movimiento suyo es precisión y ternura. Toma tensiones, coloca gasas, calma. La energía positiva que emana podría iluminar la sala más oscura. La sigo entre camillas y pacientes, entre miradas que buscan alivio y manos que necesitan cuidado. Y ella lse da todo. Con calma, con humor, con una firmeza que no hiere. Con un amor al detalle que hace que uno desee que cada visita al hospital sea así, con ella al mando. «Bizitza maite duen emakumea da», pienso, mientras sus gestos contagian vida.

Los pacientes pasan como ráfagas, una planta del pie rota en ampolla, un vientre que no se conforma, un oído ensangrentado, un dedo inflamado. Ella se agacha, se acerca, escucha. No repite protocolos, inventa ternura. Janire hace magia con las horas, convierte la urgencia en pausa. Toma tensiones con una calma que se agradece, cura heridas como quien borda cicatrices, hace pruebas de embarazo con un respeto íntimo, detiene vómitos o diarreas sin perder la sonrisa. Hace magia con las horas y con los recursos, estira lo imposible como si fuera goma elástica. Está cargada de energía positiva, de esa que se transmite sin esfuerzo, de esa que se queda pegada en la piel y en la memoria. Janire no es solamente enfermera, es mujer vitamina, enamorada de la vida y del mar, el tipo de persona que transforma cualquier urgencia en un refugio cálido.

Janire está enamorada del mar y se nota en su forma de estar en la tierra. En su cuello brilla una ballena de plata. Un secreto marinero que no es tan secreto. “El mar lo es todo”, me confiesa entre dos curas. Su risa salada llena la sala más que cualquier lámpara. Tiene ya el PER y sueña con llevar un velero durante 48 horas, navegando ella como patrona. Aquí, entre camillas, tensiones y curas improvisadas, la veo igual, dueña de su espacio, de su tiempo, de la vida de quienes confían en ella.  «Itsasoa bihotzean», pienso, y aprieto el disparador de la cámara.

Maka y Leire asoman en el encuadre, tres mujeres que sostienen un espacio que se supone que es inhóspito y, sin embargo, de su mano se siente tibio. Y pienso que ojalá yo viviera en Zornotza para tener el lujo de que me atendieran ellas, un equipo femenino que sostiene y acompaña.

Salgo de urgencias con la sensación de que no fotografié un turno de trabajo, sino un canto a la vida. Una mujer que no se resigna a ser neutral, que ama demasiado el mar, la tierra, las personas, como para quedarse quieta. Qué suerte que el mundo tenga su mirada y sus manos.