Arte, espuma y dignidad intestinal
Te doy la bienvenida al Museo del Saneamiento, donde el glamour del trabajo intestinal alcanza nuevas cotas. En el pabellón de lo sublime escatológico, tres operarios frotan el Santo Grial del aseo obsesivamente pulido con la devoción de monjes cloroxistas. Este baño no es un retrete, es una catedral de porcelana donde el arte se mezcla con el eco de lo intestinal y el glamour huele sospechosamente a lavanda industrial. Mientras uno friega las profundidades del retrete como si se tratara de una excavación arqueológica, otro enjabona la cisterna para que el acto fisiológico sea digno de alguien de otra galaxia.
Aquí, la privacidad se eleva a sacramento, la limpieza es performance y cada gota de desinfectante roza la categoría de óleo conceptual. La privacidad extrema se garantiza, salvo para la dama con la mirada más famosa de la historia, cuya sonrisa enigmática parece susurrar: «Yo también fui al baño del Louvre».
¡Incluso el cubo de la fregona es una pieza de arte conceptual! Duchamp estaría orgulloso. O perturbado. O ambas cosas.
