Garazi Turiel González – Ingeniera – Jefa de obra


Proyecto fotográfico de Jaio: <em>"Women are beautiful. Llámame Eulalia".</em> Garazi Turiel González.

Proyecto fotográfico de Jaio: «Women are beautiful. Llámame Eulalia». Garazi Turiel González.


La ingeniería del equilibrio

Llovió como si nunca lo hubiera hecho el día en que habíamos quedado y tuvimos que aplazar la sesión de fotos. Esta vez la luz de la mañana pegaba bien fuerte sobre el árbol que acompaña a la caseta de obra. Cuando subo a ese contenedor aclimatado para oficina, está al teléfono, y sigue, y sigue. Un teléfono que no calla.

Yo comienzo a hacerle fotos intentando no interrumpir el ritmo urgente de su mañana, el compás de su respiración entre la conversación y el eco metálico de la grúa gigante. Garazi se siente segura caminando entre estructuras a medio nacer, columnas, vigas y planos que ahora respiran en el cemento. En una, el teléfono, en la otra mano un plano con líneas que parecen cicatrices y un boli que aprieta ocn fuerza.

Un contenedor que hace las veces de caseta de obra es un oasis en medio de las alarmas de la grúa y del estruendo de sus maniobras. Es una caja metálica gigantesca, entreverada con las hojas de un platanero otoñal, pero, dentro, Garazi ha creado un refugio. Sobre la mesa, un montón de planos con notas escritas a mano, como constelaciones personales. Su casco en la estantería. Allí, entre papeles y pitidos de alerta, organiza el caos del día. Es su pequeño hogar provisional, cálido, improvisado, resistente, como ella.

En la obra, su voz es un hilo firme que no necesita elevarse. «No hace falta gritar para que te escuchen, pero puedo tener muy mala leche si hace falta«, dice sin apartar la vista del plano. Quienes trabajan en la obra la respetan. La siguen con una mezcla de rigor y admiración. Hay algo en su manera de mirar que ordena el caos, como si la geometría se desplegara a su alrededor.

Garazi es ingeniera de obras públicas y dos años más tarde obtuvo el título de ingeniera de caminos, canales y puertos. Le gusta estar aquí, entre la tierra húmeda y el ácido olor a hierro cortado, donde las cosas se hacen con las manos y el ruido tiene sentido. Aquí, es donde cada estructura es un cuerpo que aprende a sostenerse solo, y quizá por eso la ingeniería se parece tanto a la vida.

Desde hace tres años estudia enología y viticultura. «Mi sueño es tener una bodega«, confiesa. El vino es un lenguaje que nos habla de tiempo, de paciencia, de cómo algo se transforma sin dejar de ser lo que era. Y ella quiere formar parte de ello.

En el descanso de la comida cambia el casco por la aguja de ganchillo. El silencio tiene textura de hilo. Teje figuras de vino, uvas, copas, racimos y un chaleco de un precioso color burdeos que podría oler a vendimia. Mientras la observo tras la lente de mi cámara, me enseña la bolsa con las piezas a medio tejer y pienso en el contraste, en la fuerza de quien levanta edificios y la delicadeza de quien cose fragmentos para armar una almazuela (así se dice el patchwork en castellano). En su mundo, el hormigón y la lana no se contradicen. Se completan.

Miro sus manos que dan órdenes desde lo alto, las mismas que gestionan personas, vigas y cables, ahora acarician el hilo como si midieran una corriente invisible. Ella me enseña que la belleza también está en esa doble pertenencia, la precisión técnica y la ternura manual, la tierra y el aire, el cálculo y la intuición. Intento atrapar ese equilibrio, pero la fotografía no basta. Garazi, en su obra, entre el ruido y la calma, es una figura de otro tipo de ingeniería, la que se construye desde la fortaleza, desde la alegría de vivir. Desde dentro.

Hay mujeres que no necesitan ser miradas para imponerse. Pero cuando las miras, el mundo parece un poco más ordenado.