Matriculada en la memoria roja del parabrisas
Ese día no llovía sobre Bilbao, ni la lluvia dibujaba espejos líquidos en el asfalto, el calentamiento del planeta me está quitando la posibilidad de usar frases inmortales sobre la lluvia en Bilbao. Maite abre la puerta del 72, me subo y nos saludamos como si nos conociéramos de toda la vida. Ella es así de cercana, de accesible. El autobús respira, huele a café de después de comer. Ella se acomoda en el asiento del conductor como quien entra en su casa, y yo observo tras la lente de mi cámara a la mujer que lleva veinticinco años conduciendo estas cuestas imposibles, entre semáforos y pasos de peatones que nunca se detienen.
Tiene la alegría dentro del cuerpo, esa luz que hace que la gente sonría antes de bajarse del autobús. No es sólo una sonrisa, es un pulso constante que se siente en la manera en que mueve las manos, cómo saluda a cada persona que sube al autobús, cómo encara cada curva de la ciudad. Todo lo que toca parece más ligero, más brillante. Es positiva sin esfuerzo, como si la vida misma se le deslizara por las venas en forma de luz, y quien está cerca no puede evitar contagiarse.
Suben pasajeros que la conocen de memoria, que aún recuerdan el día que empezó, que la saludan con complicidad, porque su matrícula es historia viva de la empresa. Hay colegas más jóvenes que la miran con respeto porque saben que ella lleva más tiempo, que sus manos han girado el volante más kilómetros de los que podrán contar jamás.
Apoya la mano en el volante, y siento el pulso de la ciudad a través de sus movimientos, los semáforos tintineando en rojo sobre el parabrisas, las luces reflejadas en los eternos charcos de Bilbao, las pendientes que exigen un cuidado milimétrico y que ella domina con destreza. Enfoco su rostro, los ojos profundos, atentos, la sonrisa que se abre como un gesto de confianza, se detiene un instante, como si respirara la ciudad entera, y me mira. Y yo veo a la mujer que juega a rugby solamente por el placer de jugar, sin necesidad de títulos ni federaciones, que ríe con sus compañeras, que apuesta por la fuerza de la alegría sobre la competencia. Esa misma fuerza que la hace inmensa al volante.
Mientras conduce, me cuenta de su padre, sus hermanos, la saga de Bilbobus corriendo por las venas de su familia. Y pienso que la belleza de Maite está en la manera en que transforma cada curva, cada pendiente, cada rostro pasajero en un instante de conexión humana. La cámara captura la luz sobre su rostro, la fuerza silenciosa que no exige reconocimiento, pero lo merece todo.
Cuando bajo del autobús, siento que he visto más que un trayecto, porque he visto una vida entregada a la ciudad, a la pasión, a la alegría que no se detiene, aunque llueva o no, aunque las calles suban y bajen. Maite Baz se queda en los charcos, en los reflejos rojos sobre el parabrisas, y en la memoria de quienes han subido alguna vez a la línea 72.




