Esme, conductora de vidas, sueños y cansancios
A bordo de la línea 40 de Bilbobus, justo detrás de su hombro derecho, me convertí en testigo de una forma de cuidado que suele pasar desapercibida. Esmeralda Bataná Porras -Esme, como la llama su gente- conduce el autobús como quien borda una ruta diaria con la delicadeza y la fuerza de lo invisible.
El autobús arranca, y la ciudad se convierte en una película que ella dirige, encuadra, guía. Esme maniobra con precisión serena entre las curvas del Camino del Pontón y los semáforos de Santutxu. Su espalda recta, sus ojos firmes y despiertos, sus manos atentas al volante, todo en ella emanaba una quieta autoridad. No era una pose, era presencia.
Fotografiar a Esme no ha sido sólo retratar a una mujer en su lugar de trabajo. Ha sido entrar en su mundo móvil, oficina flotante, en constante tránsito, como si el autobús fuese una extensión de su cuerpo, de su carácter. La vi frenar suave para que una madre con carrito subiera sin prisa. Vi cómo saludaba con una sonrisa a una señora mayor que subía con dificultad, a un adolescente cargado con mochila, con una mirada que parecía decir ‘estás a salvo aquí’, aunque nadie le devolviera el saludo.
En un punto del recorrido pasamos frente a la ikastola de sus hijos. Noté el leve giro de su rostro, como quien lanza una caricia silenciosa desde lejos. Esa emoción tan cotidiana y a la vez tan trascendente, ser madre mientras se es tantas otras cosas. Al pasar junto al paseo de Los Caños, ella miraba al frente, y yo miraba su reflejo en el retrovisor, pensando en cuántas veces este trayecto ha sido parte de su vida, y ella parte de la nuestra, sin que lo supiéramos, y Esme parecía fundirse con el paisaje, como si perteneciera a todos sus rincones. Tiene esa concentración serena de quien sostiene más que un volante, porque sostiene el rumbo de muchas vidas ajenas, aunque vayan sentadas, sin darse cuenta.
Y tras la lente de mi cámara, retraté a Esme detenida en un semáforo, manos cruzadas sobre el regazo, el rostro relajado por un segundo, como si en esa pausa breve pudiera respirar el mundo entero. No había impaciencia en su espera, sólo certeza, porque sabe que todo se mueve a su debido tiempo. Con cada parada, Esme ensambla la ciudad y sus fragmentos. No transporta cuerpos, transporta historias, sueños, cansancios. Su autobús es una cápsula de humanidad, y ella, su guardiana. Su oficio podría ser el de una coreografía invisible. Esme, hilando recorridos que nadie agradece en voz alta pero que todas necesitamos. Su trabajo, como el de tantas mujeres, es invisible hasta que decides mirar de verdad.
La belleza de Esme está en lo que sostiene. Una belleza firme, cotidiana, que se gana con el tiempo y la entrega. Cuando bajé al final del recorrido, me llevé conmigo la certeza de que hay mujeres cuya revolución es la constancia. Y que mirarlas con atención es una forma de justicia. Fui su compañera de viaje un rato y este es mi homenaje a Esme, conductora de vidas, mujer de ruta. Mujer que merece ser vista no sólo por lo que hace, sino por cómo lo hace.




