Rocío, la que cuida, brilla y da esplendor
Hoy la niebla cae como un trapo mojado. Parece que Bilbao suda por las aceras. Entro a Elekaele, esta pequeña peluquería junto a San Mamés, y ya el aire cambia. Aquí dentro huele a pelo limpio, a laca en suspensión, a conversación y a confianza. La luz no entra en cascada por el escaparate, pero la pared de espejos baña todo de un resplandor cálido. Y ahí está Rocío, como siempre, con su media sonrisa serena, el gesto firme con las manos en los bolsillos, la pinza en la manga como una extensión natural de su oficio y ese fondo de luces reflejadas que la envuelve como si la ciudad la respirara.
La he visitado muchas veces, más o menos una vez al mes. Pero hoy estoy con la cámara. No como clienta, sino como espía. Como testigo de un oficio que no se aprecia suficiente hasta que hay una pandemia y son las únicas a las que dejan seguir trabajando. Porque, aunque no lo parezca, sostienen una parte esencial de lo que somos, por cómo nos miramos, cómo nos dejamos tocar, cómo confiamos. Rocío corta el pelo con precisión de relojera, pero sin frialdad. Sus gestos son seguros, su atención es total. No deja nada al azar. Me corta siempre por donde le digo, pero hay algo en su manera de sostener las tijeras que hace que sienta que, incluso si no dijera nada, ella sabría.
Su gesto es el de una mecánica de la belleza, una artesana urbana. En la foto en que está barriendo los restos del corte, es como cerrar el rito del corte, como si fuera también cuidar del espacio, del silencio, de lo invisible. Cuando peina, con el secador en alto y la mirada concentrada, parece que lo hace no sólo para dar forma al cabello, sino para restaurar algo más profundo.
Elekaele no es una peluquería cualquiera. Es pequeña pero luminosa, con ese gran espejo que abre espacio y multiplica gestos. Es un espacio de mujeres que no pretenden ser otra cosa que lo que son, socias, amigas, trabajadoras. Orgullosas de lo que hacen. Que miman a cus clientas. Aquí no hay poses ni imposturas, pero sí belleza, de esa que se construye desde el cuidado. Desde el trabajo bien hecho. Desde la escucha.
Rocío no habla mucho de sí. Y eso la hace más misteriosa, más magnética. Como esas figuras que no necesitan contar su historia porque la llevan puesta en la forma de estar. En su manera de sostener el cepillo como quien sostiene un saber antiguo; en el modo en que su cuerpo ocupa el espacio con calma, con fuerza; en cómo sonríe cuando te mira al espejo, sin apuro, sabiendo que ha hecho justo lo que querías.
Yo he estado con muchas mujeres poderosas en este proyecto. Pero hoy, viendo a Rocío recoger con dignidad los restos de mi pelo, entendí que también el cuidado es una forma de poder. Y que hay una belleza que no se grita, pero se impone. Rocío merece ser mirada, no por lo que hace, sino por lo que es, y también porque su oficio es un legado.




