Cristina, espanta el mal y abriga el alma
Me gusta mirar en silencio cuando las manos saben más que las palabras. Cristina me ve como ve la lluvia cayendo tras la ventana, sabe que estoy ahí, pero no interrumpe sus gestos. Estoy en una esquina de una habitación de su casa, convertida en taller de costura que huele a tiempo bien gastado y a confianza, mientras ella cose. Lo hace con cariño, como si cada puntada fuera una caricia. O una danza.
Porque Cristina baila. Eso se nota hasta cuando enhebra la aguja. Tiene el cuerpo de quien ha aprendido a habitarlo, presente y firme. Baila dantzas vascas y gira entre txistus como si el cuerpo no pesara. Y aquí giraba sobre sí misma para medir la caída de una manga, con la cinta métrica como un lazo y la tela en sus manos como un pañuelo de fiesta. Esa mañana cosía un traje de Tai-Chi. Las piezas parecían partes de una armadura suave. Cada dobladillo era una frontera invisible que ella cruzaba con la aguja, con ese silencio que tienen quienes hacen cosas hermosas sin pedir permiso. La tela liviana, parecía responderle. En su boca, un alfiler. En su oído, quién sabe, tal vez un zortziko imaginario.
La pillé en momentos distintos, midiendo, probando, ajustando con alfileres. Y en todas hay esa entrega que no se ve, pero se intuye. La voluntad terca y amorosa de seguir cuidando con las manos. Porque Cristina, aunque jubilada de su labor como maestra, no ha dejado de enseñar, de cuidar. Sólo ha cambiado de aula. Ahora enseña con lo que hace, no con lo que dice.
También hace Eguzkilores de solapa. Pequeños soles de un material especial, cuidadosamente moldeados. En la tradición vasca, el Eguzkilore se cuelga en las puertas para ahuyentar los males y proteger el hogar. Cristina, los convierte en joya cotidiana, en gesto de cariño y salvaguarda. Los regala a sus amigas como diciendo, “te cuido”. Me cuida tanto que es una de las mayores contribuidoras a mi colección de cosas horteras… Me ha aportado auténticas joyas. Ella sí que sabe… Y nunca se lo agradezco lo suficiente, siempre me siento en deuda con ella.
Hay mujeres que transforman el mundo con discursos. Y hay otras que lo hacen cosiendo, ofreciendo su tiempo, o regalando flores de solapa, que contienen verdades profundas. Cristina es de esas. No necesita hablar alto. En este caso, su tarea, la que se ve en estas fotos, es su forma de decir aquí estoy, aún soy fuego.
Manos que cosen. Manos que cuidan. A mí me queda la certeza de que la belleza no siempre está en lo que brilla, sino en lo que abriga.




