La línea 48 y la suave revolución de Estela
He pasado la mañana con Estela Bañuelos López. O mejor dicho, la he ‘espiado’ en su recorrido como si el autobús fuera un escenario y ella la protagonista de una película que nadie se habría molestado en filmar. Estela lleva conduciendo autobuses diecisiete años, desde los 23. Desde entonces, cientos de miles de personas han subido a su vehículo sin saber, sin mirar, y sin importarles quién les transporta. Pero yo sí la miré, lo hice tras la lente de mi cámara y con la certeza de que la belleza no siempre grita, a veces, se sienta frente al volante con las uñas pintadas de colores diversos, y te sonríe aunque no le devuelvas el saludo.
Cuando empezó este oficio, no la tomaban en serio, incluso un profesor de la UPV llegó a negarse a subir al autobús si ella era quien lo conducía, por joven, por mujer. Me lo contó sonriendo como quien recuerda una herida que ya no duele pero que ha dejado su marca. Y en ese gesto vi la fuerza con la que ha sobrevivido a todo lo que la vida, tan poco generosa con ella, le ha puesto por delante.
Hoy hacía el tipo de luz que filtra los cristales y acaricia los rostros. Estela saludaba a cada pasajero con un gesto suave, como si llevara un pacto secreto con el mundo, el de resistir, el de no dejar de ser amable aún cuando nadie se lo exija, y nadie lo aprecie. Y yo me pregunto cuánta dignidad hace falta para seguir siendo buena en un mundo que te ha tratado tan mal.
Esas manos que sostienen el volante llevaban las uñas pintadas de colores diferentes, quizás lo haga por rebeldía, y yo la entiendo, hay algo profundamente revolucionario en cuidar de una misma cuando el mundo espera lo contrario.
Estela está en su sitio, al mando, al volante, del autobús y de su vida. Incluso cuando se sienta como pasajera, tiene ese aplomo de saberse fuerte en la adversidad. El reflejo de la ciudad se cuela por el parabrisas, mientras su rostro, tan sereno, tan humano, se convierte en el centro de gravedad de todo lo que ocurre. No mira a la cámara. Mira más allá. Como si supiera que hay algo valioso al final de cada curva. Estela tiene esa belleza que no se imposta, ni se vende. Esa que se gana, día tras día, entre frenadas y saludos sin respuesta. Entre el ruido del motor y la insistencia de seguir adelante.
A veces pienso que el feminismo también se conduce. Que no todas las batallas llevan pancarta. Algunas, como las de Estela, se libran desde un asiento alto, con una camisa a rayas, mientras el mundo se mueve a su alrededor, sin detenerla ya.




