Georgina, afina el alma y lo cambia todo
Yo miro. Esa es mi manera de resistir y de no rendirme. Y aquella tarde, en la iglesia de Gorliz, lo hice como si el mundo entero se filtrara entre las teclas de un piano. Georgina Barrios estaba allí, concentrada en las partituras, con el ceño fruncido por la tensión, y todo el espacio parecía inclinarse hacia ella.
Georgina es amiga querida, incluso planeábamos un viaje juntas, uno de esos planes que se sueñan con ilusión y luego no ocurren. Ella es de esas personas que quieres tener cerca, que te abrazan sin tocarte, cariñosa, suave en las formas, firme en el fondo. Tiene carácter, pero lo usa con delicadeza. Nunca alardea de nada, no presume, pero deslumbra. Quienes la conocemos sabemos de sus hazañas por otros labios, nunca por los suyos. Ha acompañado a gigantes como María Bayo o Ainhoa Arteta, y a pequeñas causas, ha recibido premios y reconocimientos, ha tocado en grandes teatros y en locales sencillos, y lo ha hecho siempre desde el mismo lugar, el de la humildad que no necesita presentaciones. Porque Georgina no necesita el foco para brillar, ella toca como vive, con verdad y sin alarde.
El gesto mínimo, la postura serena, contenida y toda la dulzura que salía de sus manos, firmes, sin un titubeo, como si no tocaran el piano, sino que lo invocaran. La música de Pauline Viardot resonaba en la paredes, una romanza primero, una nana después. Yo, tras la lente, apenas respiraba. Era como si ese piano estuviera reescribiendo la historia de las mujeres que compusieron en silencio, en cuartos apartados, y que ahora encontraban voz entre sus manos. Esa tarde lo vi claro, ella no está en los márgenes, ella es una de las claves que sostiene la partitura del mundo.
En una de las fotos, quizás mi favorita, sus manos se reflejan en el piano. Duplicadas. Como si fueran dos y una a la vez. Son manos que no dominan, que no buscan aplauso, sino verdad. En otra imagen, aparece de espaldas, acompañada por el violín de Iñaki Lagos en la Romanza de Amy Beach, y parece una pintura viviente, una figura en fuga entre el sonido y la luz de las lámparas.
El retrato lo tomé en su casa, con la luz de la ventana que entraba como una caricia, Georgina apoya el brazo en su piano como quien apoya la cabeza en el hombro de una vieja amiga. Sus ojos, que son dos lagos de agua clara, miran con firmeza, pero con una gran ternura. Porque Georgina no sólo interpreta partituras, ella las cuida, las revela, las da a conocer. Y cuando toca obras de compositoras olvidadas, está diciendo “Aquí estamos. Aquí estuvimos siempre. Míranos”. Porque Women are Beautiful no trata de rostros bellos, ni de poses perfectas. Trata de esto. De mujeres que, como Georgina, hacen del arte un acto de justicia silenciosa, de una belleza que transforma. Un arte que afina el alma y lo cambia todo.




