Yolanda al volante. Todo lo que crece cuando una mujer conduce
Hay mujeres imposibles de resumir, porque las palabras les quedan pequeñas como etiquetas mal pegadas. Yolanda Urarte Alonso es una de ellas. La conocí en Trebiñu, (hasta donde me trajo Mentxu, otra mujer increíble) ese enclave rural que se planta firme entre mapas discutidos, como quien sabe bien de dónde viene y a quién cuida. Aquel día hacía un sol de justicia, parecía que alguien había lavado a mano el cielo azul, nítido y limpio, y yo llegaba a Argote, 22 habitantes, con la cámara al cuello sin saber qué me iba a encontrar.
Las primeras fotos salieron casi solas, sus manos girando con precisión la llave del taxi, manos que no dudan, manos que han hecho mucho más que trabajar, manos que han sostenido. Yolanda no es «la taxista del pueblo», es el pulso de lo común. Del retrovisor colgaba un cartel que decía «Con agradecimiento eterno para las mujeres que pelearon por los derechos que disfruto hoy». Cada trayecto es un servicio público rural, llevar a un vecino en silla de ruedas, esperar con paciencia infinita a la salida del consultorio, abrir la puerta como quien abre una promesa… Conducir este taxi es leer silencios, adaptar ritmos, hacer de la movilidad un derecho.
Después me llevó al campo donde cultiva trufas, ese oro escondido bajo tierra, que solamente brota en la intimidad entre raíces de encina y cuidados constantes. Se subió al tractor y me enseñó cómo recoge el agua del río, cómo riega, cómo observa el suelo, cómo espera a que la perra y el perro encuentren las trufas, la importancia del trabajo en equipo. En esa imagen estaba todo, la tierra, el esfuerzo, la ternura con callo. «Esto es tiempo y paciencia», me dijo. Y yo pensé que era una definición perfecta de ella.
Regenta también dos casas rurales, donde acoge a quien viene de paso. Gentes de ciudad que bajan el ritmo sin saber cómo y que encuentran en su manera de estar algo parecido a la calma. Yolanda las recibe con la misma naturalidad con la que se sube al tractor o entra a una reunión del ayuntamiento. Porque también forma parte del gobierno local, no desde un partido convencional, sino desde esa forma de política que es mirar el territorio y poner el cuerpo.
Hay algo poderoso en verla al volante, da igual si es de un tractor o de un taxi, ella dirige, no sólo máquinas, sino formas de vivir. No le interesa hacer ruido (eso ya lo hace el tractor), pero todo en su quehacer deja huella. Su trabajo es un mosaico de oficios que en realidad se resumen en sostener y cuidar.
Yolanda es bella, porque, tras la lente de mi cámara, la belleza de una mujer que cuida su tierra, su gente y su tiempo, es inmensa. Y porque hay algo profundamente cinematográfico en su figura contra el cielo azul de Trebiñu, en su firmeza silenciosa, en ese modo de transmitir que esto también es vida, y merece ser mirada.




