La fregona como espada láser
Entro al supermercado como quien entra a un escenario sin focos. Ya los tiene la tienda, focos fluorescentes, luz blanca, suelo que brilla. La busco porque habíamos quedado. Entonces la veo.
Nieves conduce una de esas máquinas barredoras que avanzan lentas, ceremoniosas, como un animal doméstico entre pasillos de ofertas. El motor zumba bajo, constante. La observo tras la lente. Manos firmes. Ritmo preciso. Ella mira al frente. Atenta. Presente. Fregona en ristre, recogiendo lo que la gente deja caer sin mirar atrás, migas, restos, descuidos, prisas ajenas. Un cuadro de mandos que podría controlar un cohete, sonido de alarma, chorro de agua, marcha atrás, marcha lenta, aire, parada…
Levanto la cámara. Todavía no disparo. Primero observo. Tiene unos cincuenta años y una manera de habitar el espacio que me fascina. El cuerpo sabe lo que hace. Limpieza como coreografía invisible porque nadie mira. Higiene como oficio preciso, arrastre, presión, giro de muñeca, aclarado. El suelo devuelve luz. Ella sigue.
Le pregunto qué le gusta hacer cuando no está trabajando. Me mira y sonríe, como si le acabara de abrir una ventana “me gusta aprender”. La frase me desarma. Cambia la temperatura del lugar. Dejo la cámara colgando del pecho y escucho. Me cuenta que está aprendiendo ruso con Duolingo. Que también aprende a jugar al ajedrez, me habla de cómo el tablero le enseñó a mirar distinto, “nunca pensé que yo iba a ver alguna jugada ¡y las veo!”, dice, y en su voz hay una victoria silenciosa. Sonríe como quien descubre un músculo nuevo dentro de la cabeza. Cuando le digo que aprender genera endorfinas, que mueve las sustancias del bienestar, me mira con complicidad. Se ríe. Me gana. Remata “¡es que a mí la neurociencia me encanta!”.
Pienso en cuántas veces nadie le ha preguntado por ella. Y se la han perdido. Tiene una pequeña huerta alquilada en Getxo, cerca del mar. Planta de todo. Observa. Espera. Aprende. La tierra también enseña, me digo. Ella lo sabe. La imagino con las manos en la tierra, otro tipo de limpieza, otro tipo de orden. La luz del Cantábrico sobre la piel. Plano general. Respira.
Le pido un retrato. No duda. Levanta la fregona como un trofeo. Como una reina que no reniega de su cetro. Disparo. El gesto es firme. Digno. Radiante. “Este trabajo me paga el alquiler, lo que hago en mi tiempo libre me da la vida”.
La miro a través del visor y entiendo algo importante, la belleza no siempre está donde la buscas. A veces empuja una máquina barredora. A veces estudia ruso. A veces aprende, simplemente, por el placer de aprender.
Salgo del supermercado con la sensación de haber fotografiado una inteligencia en movimiento. Una mujer poderosa, que hace jaque mate al destino sin que nadie aplauda. Maravillosa mujer.




